9.- LA VIDA DIARIA

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Final

Hora sexta: La jornada de un romano Dies, Kalendas, idus: el cómputo del tiempo Prima mensa: las comidas
Panem et circenses: nos divertimos Ubi habitas? La casa Ubi tu Gaius, ego Gaia: La mujer y el matrimonio
Homo sapiens: Los hijos y la educación Nos bañamos, nos divertimos, charlamos Imperium: Magistraturas y senado

HORA SEXTA

LA JORNADA DE UN ROMANO

 

A la hora VI descansaba por ser la mitad del día. Nuestra "siesta"  procede de esa costumbre de romper la rutina para descansar. Volvían a sus ocupaciones habituales hasta la hora IX o X, en que comenzaba la cena, y así estaban preparados para meterse al lecho con el crepúsculo.

 

Todos los libros de historia nos cuentan lo que hacían los Romanos a lo largo del día: que si iban a las termas, que si empezaban a cenar a una hora sin saber a qué hora iban a terminar, y otras ocupaciones por el estilo.

Sin embargo, esas costumbres las tenían los ciudadanos ricos, que eran los más cultos, que sabían escribir, y nos han dejado escrito cómo pasaban el día. Pero éstos eran muy pocos en comparación con la gran mayoría que no tenía otra cosa que hacer que trabajar de sol a sol, sin poder ir a las termas, sin poder dedicar mucho tiempo a la cena porque no tenía con qué.

Bien es verdad que había mucha gente ociosa, que no hacía nada y que se beneficiaba de los repartos gratuitos de trigo que regalaba el gobierno, y de la asistencia, también gratuita, a los espectáculos públicos. De ahí la frase "panem et circenses", o sea, alimento y diversión.

Esto se hacía con el fin de que los que no tenían nada que hacer, estuvieran ocupados y no organizaran altercados de orden público.

Todos los habitantes de Roma se levantaban con el sol, a la hora I. Había que aprovechar la luz natural, ya que la artificial era mala, cara y maloliente: se quemaba aceite o sebo, que además de producir mal olor manchaba las paredes con un humo negro.

El desayuno ("ientaculum") solía ser frugal: algunos frutos secos, fruta del tiempo, queso; a continuación, cada uno acudía a sus ocupaciones.

Un paterfamilias acomodado solía recibir la visita de sus "clientes", que venían a desearle buen día y a ponerse a su disposición a cambio de algunas monedas o provisiones para pasar el día. Luego, iba al foro o al senado hasta la hora V, en que se tomaba un respiro y un tentempié ("prandium") e iba a las termas a  hacer las relaciones sociales propias de esos lugares.

A la hora VI descansaba por ser la mitad del día. Nuestra "siesta"  procede de esa costumbre de romper la rutina para descansar. Volvían a sus ocupaciones habituales hasta la hora IX o X, en que comenzaba la cena, y así estaban preparados para meterse al lecho con el crepúsculo.

Normalmente no se trasnochaba. Las calles de Roma eran peligrosas por lo oscuras y por lo estrechas. En cualquier lugar, al abrigo de la oscuridad, podía cualquiera clavar un puñal a otra persona. Puñal se dice "sica", y los que lo usaban para asesinar a otros, "sicarios". Éstos se alquilaban a quienes querían quitar de en medio a otros. Por eso, los que tenían que salir de noche se hacían acompañar de varios esclavos armados y con antorchas para prevenir cualquier encuentro.

La "cena" era la principal comida del día. Constaba de entrantes ("gustatio"), la "prima mensa" que se componía de varios platos ("prima, secunda, tertia cena") y los postres, que se llamaba "secunda mensa".

Para empezar tomaban frutos secos, olivas, verduras, dátiles, queso y huevos preparados de diferentes maneras. Seguían distintos platos de pescado y carne, y por fin, la fruta, dulces, etc. "Ab ovo usque ad mala" que significa "desde el huevo hasta las manzanas" quiere decir que algo se realiza de principio a fin: desde los entremeses hasta la fruta.

Cuando se quería agasajar a alguien se le invitaba a cenar. Se le ofrecía el lugar más distinguido en el "triclinio" (comedor) y se le presentaba el "mulsum", que era un vino de bienvenida mezclado con agua y miel. Los platos podían ser presentados de muy diferentes maneras, algunas artísticas, sobre todo si se trataba de platos exóticos. Petronio cuenta cómo en la cena de Trimalción, un liberto enriquecido, u hábil cocinero presentó un ganso engordado rodeado de peces y pájaros, pero todo ello era carne de cerdo. Macrobio habla de animales cocidos rellenos de otros animales, incluso algunos de ellos vivos, como el jabalí de Trimalción, relleno de tordos vivos que salieron volando en cuanto se rajó la carne. Pero esto no era lo normal.

Lo que sí que lo era se llamaba "garum", que era una especie de salsa-condimento que acompañaba a todos los platos. Tenía un sabor muy fuerte. Se hacía con pescado al que se le echaba sal y se dejaba que se descompusiese. Después se trituraba convirtiéndolo en un líquido espeso.

Era una salsa muy apreciada, objeto de comercio y de exportación. Marcial le dedicó estos epigramas:

"Unguentum fuerat quod onyx modo parva gerebat:

olfecit postquam Papilus, ecce, garum est"

Creía que lo que había en el vaso de ónice era ungüento: después de que Papilo lo olió, ya no tenía duda: era "garum".

"Expirantis adhuc scombri de sanguine primo

accipe fastosum, munera cara, garum"

Recibe este garum fastuoso, regalo fantástico, hecho de la primera sangre de una caballa que todavía está respirando.

Se cuentan historias sobre la cena de los Romanos en que, para prolongar el placer de la comida, se tocaban con una pluma la úvula (campanilla) que está al fondo de la garganta, devolvían lo comido y comenzaban a comer otra vez. Pero, aunque esto lo hicieran algunos, no se puede decir que fuera habitual.

Más lo era prolongar la sobremesa ("comissatio"), con tertulias sobre los temas más diversos, incluso con algún espectáculo circense o musical, mientras picaban algunos pinchos acompañados de bebidas, frías o calientes. Los anfitriones solían mostrar a sus invitados las últimas adquisiciones que habían hecho, tanto de mobiliario como de personal, generalmente esclavos. Si eran deformes o tenían alguna habilidad formaban parte del espectáculo de la sobremesa. Eran muy apreciadas las "puellae gaditanae" (las muchachas de Gades <Cádiz>) como bailarinas. No quiere decir que todas fueran de Cádiz, pero se las denominaba así.

El poeta Catulo (84? a.C. - 54? a.C., en la imagen) tiene un poema en el que describe una cena:

"Cenabis bene, mi Fabulle, apud me

paucis, si tibi di favent, diebus,

si tecum attuleris bonam atque magnam

       cenam, non sine candida puella

5     et vino et sale et omnibus cachinnis.

 Haec, sei, inquam, attuleris, venuste noster,

cenabis bene; nam tui Catulli

plenus sacculus est aranearum.

Sed contra accipies meros amores

10       seu quid suavius elegantiusve est;

nam unguentum dabo, quod meae puellae

donarunt Veneres Cupidinesque,

quid tu cum olfacies, deos rogabis,

totum ut te faciant, Fabulle, nasum."

"Amigo Fabulo, cenarás bien en mi casa

dentro de pocos días, si los dioses te son propicios,

y si te traes contigo una buena y gran

cena, acompañado de una guapa muchacha

5     y de vino y sal y mucho buen humor.

Si traes todo esto, te digo, amigo mío,

cenarás bien; pues la bolsa de tu amigo Catulo

está llena de telarañas.

Sin embargo aquí recibirás un amor desinteresado

10      o lo que es más agradable y elegante:

pues te voy a dar un ungüento, que a mi chica

le dieron Venus y Cupido,

cuando lo huelas, rogarás a los dioses,

que te conviertan a todo tú en nariz."

Como ejemplo de platos romanos, Catón y Apicio nos han dejado estas recetas. La primera es bastante simple, pero la segunda es más bien complicada.

"Pudin cartaginés"

"Empapar una libra de harina y dejar escurrir; mezclar con tres libras de queso fresco, media libra de miel y un huevo. Después de haberlo mezclado bien, cocerlo todo en una olla de barro nueva hasta que espese".

"Guiso al queso"

"Cocer en aceite un pescado grande, salado y sin espinas. Mezclar la carne del pescado con sesos cocidos, hígado de ave, huevos duros y queso. Cocer a fuego lento; rociar con una salsa a base de pimienta, apio salvaje, dientes de ajo, orégano, vino, miel y aceite. Espesar con las yemas de huevos crudos. Adornar con granos de comino.

CUESTIONES

1.- Describe los distintos procedimientos que tenían los romanos para medir el tiempo, e invéntate otros que podrían surtir el mismo efecto.
2.- Compara los alimentos de los antiguos romanos con los actuales, y da tu opinión sobre si comemos mejor ahora que antes.
3.- ¿Ha mejorado el mundo moderno y la civilización la calidad de vida? o por el contrario, ¿se vive peor ahora?
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DIES, MENSIS, IDUS, KALENDAS

 

¿Cómo medían el tiempo los Romanos? Pues muy mal, con mucha inexactitud. De lo único de que podían estar seguros era del momento de la salida del sol, del mediodía y del ocaso. Todas las demás horas tenían, forzosamente, que referirse a ellas; pero además, con las expresiones de "alrededor de...", "más o menos...", "cerca de...". 

 

Todos hemos oído expresiones tales como "los idus de marzo", "las kalendas", "las vísperas", "la vigilia"...

¿Cuál es su origen? Pues ni más ni menos que la manera de contar el tiempo que tenían los antiguos romanos.

La  salida del sol ("solis ortus") marcaba el comienzo del día y era la hora prima. La puesta del sol ("solis occasus") indicaba el final del día ("dies") y el comienzo de la noche ("nox"). Era el final de la hora duodécima y el comienzo de la “vigilia prima” Porque el día se dividía en 12 horas y la noche en cuatro vigilias. Como por la noche, generalmente, sólo estaban despiertos los soldados que hacían su guardia, se dividía todo el tiempo nocturno según los turnos de vigilancia, que eran cuatro.

Ni que decir tiene que tanto las horas como las vigilias tenían una duración variable, porque el sol sale cada vez antes a medida que nos acercamos al verano y se pone más tarde. De cara al invierno es al revés. Sólo había dos momentos invariables: la hora VI, es decir, el mediodía, y el comienzo de la III vigilia, es decir, la media noche.

Las horas tenían una duración de 60 minutos, como las nuestras, sólo en dos ocasiones al año: Los equinoccios (de aequus = igual, y nox, noctis = noche) que coinciden con el comienzo de la primavera (21 de marzo) y del otoño (21 de septiembre). Esos días cada una de las vigilias duraba tres horas de las actuales.

¿Cómo medían el tiempo los Romanos? Pues muy mal, con mucha inexactitud. De lo único de que podían estar seguros era del momento de la salida del sol, del mediodía y del ocaso. Todas las demás horas tenían, forzosamente, que referirse a ellas; pero además, con las expresiones de "alrededor de...", "más o menos...", "cerca de...". Tampoco tenía tanta importancia la exactitud en la medida del tiempo, porque no había records que batir, ni centésimas de segundo que medir. Para los Romanos era totalmente inconcebible el concepto de segundo, y mucho  más el de décima o centésima de segundo. La palabra latina "momentum" puede significar los que entendemos nosotros por un rato pequeño. Si se necesita precisar, es decir, que el momento, el rato, era todavía más pequeño, se decía "punctum temporis", o sea, un punto del tiempo.

A pesar de todo, sí que había procedimientos para medir el tiempo de una manera aproximada.

Los relojes de sol se conocían desde la antigüedad, aunque tenían unas limitaciones de colocación y grabado correctos. Sin embargo sólo servían para el día, y siempre que hiciera sol, claro. Por eso por la noche tenían que usar otros procedimientos que también servían durante el día: el reloj de arena era bastante exacto para períodos cortos, pero había que tener en cuenta que la medida de hoy no servía para mañana. De todas formas todos los procedimientos se basaban en la regularidad de un movimiento que se reflejaba en un gráfico marcado con las distintas horas.

La clepsydra o reloj de agua procedía de los griegos. Se dice que fue Platón, el filósofo, quien lo inventó. Se basa en la caída regular del agua en un recipiente, gota a gota, que hace subir poco a poco un flotador, y éste, al subir va marcando en una escala el tiempo transcurrido.

Había otros métodos: una cuerda encerada, con nudos cada cierto espacio, a la que se prendía fuego; la sombra que producía una pantalla a la luz de una vela sobre una escala graduada; el descenso del aceite de una lámpara a medida que  se va quemando, etc. Aunque los griegos habían inventado las ruedas dentadas, no conocemos los sistemas motrices. Hasta finales del siglo X y principios del XI no se inventaría el reloj mecánico, que independiza el tiempo de los cambios astronómicos y lo regulariza. Dicho invento se atribuye al monje Gerberto, que fue Papa con el nombre de Silvestre II.

Si el sol era el responsable del día y de la noche, del mes lo era la luna. Cada una de las vueltas de la luna era un mes, y doce vueltas, doce meses, poco más o menos el año solar: los meses lunares son de 29 días y medio, lo que hace un total de 354. Cada año se producía un retraso de 11 días en las estaciones y en el año solar. Por eso Numa Pompilio, el segundo rey de Roma, que, según la tradición fue el inventor de este calendario, mandó añadir, cada dos años un mes de 22 días ("mensis intercalarius") para que no se desfasase el año lunar con respecto al año solar.

Al principio el año comenzaba en marzo (martius), mes dedicado al dios Marte. Le seguía abril (aprilis), el "mes en que la naturaleza se abre"; mayo (maius), dedicado a la diosa Maya, según unos, o a Júpiter bajo el sobrenombre de Maius, según otros. El cuarto mes estaba dedicado a la diosa Juno, junio (iunius) y los seis meses siguientes eran, según los números, quintilis, sextilis, september, october, november y december.

Enero (ianuarius) estaba consagrado al dios Jano, y febrero (februarius), el último mes, el dedicado a las purificaciones.

Al morir Julio César dieron  su nombre al mes quintilis, y lo llamaron iulius (julio). Augusto (Augustus) dio su nombre al mes sextilis (agosto) para no ser menos que su antecesor.

Calendario juliano

En el año 48 a. C. (713 a. V. c.) Julio César estableció el calendario Juliano, que, manteniendo la estructura de los 12 meses, les dio un número suficiente de días para que coincidiera con los 365 días del año astronómico, añadiendo un día en febrero cada cuatro años. El número de días de cada mes eran los que indica el dicho popular:

"Treinta días trae noviembre

con abril, junio y setiembre;

veintiocho (o veintinueve) sólo uno, (febreruno)

y los demás treinta y uno"

Cuando los meses eran lunares el día de la luna llena era el día de los Idus, que caía, más o menos hacia la mitad del mes. Las Kalendas era el día 1º de cada mes, cuando se celebraban los "comitia calata" que eran unas reuniones convocadas por los sacerdotes para establecer los días fastos y nefastos; y como tercera fecha mensual estaban las Nonas, o noveno día antes de los Idus. Las Kalendas eran todos los meses el día 1 del mes; los Idus variaban: era el día 13, excepto en los meses de marzo, mayo, julio y octubre:

"Sex Maius nonas, October, Iulius et Mars;

Quattuor at reliqui; dabit Idus quilibet octo"

"Los  meses de mayo, octubre, julio y marzo tienen seis días desde las Kalendas a las Nonas: por tanto es el día 7 de cada mes, mientras que los demás meses sólo tienen cuatro, y celebran las Nonas el día 5

Desde las Nonas hasta los Idus siempre hay 8: sumados al 5 o al 7 de las Nonas, nos dan el día 13 o el 15 para los Idus".

Nosotros al contar los días de cada mes, nos referimos siempre a una fecha pasada: el día 1º del mes. "Estamos a 23 de marzo" quiere decir que han pasado 23 días desde que comenzó marzo el día 1º.

Sin embargo los Romanos se referían a una fecha futura: las Kalendas (el día 1); las Nonas (el día 5 o el 7); los Idus (el día 13 o el día 15). Cada una de estas fechas era el día de las Kalendas, de las Nonas o de los Idus de tal mes. La víspera era el "pridie" y la antevíspera, el día III antes de las Kalendas, las Nonas o los Idus.

La fecha de referencia para los días del 2 al 5 o 7 de cada mes eran las Nonas; del 6 o el 8 hasta el 13 0 el  15, los Idus; desde el 14 o el 16 hasta el final del mes, las Kalendas del mes siguiente.

Vamos a poner como ejemplo el mes de febrero.

EJEMPLO: MES DE FEBRERO

Mes (consagrado a Juno Februra)

Día 1

Kalendae Februariae

Kalendas

dies nefastus

Día 2

ante diem IV Nonas Februarias

Juno Februra

Fiesta de Ceres

dies nefastus

Día 3

ante diem III Nonas Februarias 

 

dies nefastus

Día 4

Pridie Nonas Februarias

 

dies nefastus

Día 5

Nonae Februariae

Nonas 

dies nefastus

Día 6

ante diem VIII Idus Februarias

 

dies nefastus

Día 7

ante diem VII Idus Februarias

 

dies nefastus

Día 8

ante diem VI Idus Februarias

 

dies nefastus

Día 9

ante diem V Idus Februarias

Apollo

dies nefastus

Día 10

ante diem IV Idus Februarias

 

dies nefastus

Día 11

ante diem III Idus Februarias

 

dies nefastus

Día 12

Pridie Idus Februarias

Diana

dies nefastus

Día 13

Idus Februariae

Idus

dies nefastus publicus

Día 14

ante diem XVI Kalendas Martias

Juno Februra

dies nefastus

Día 15

ante diem XV Kalendas Martias

Lupercalia

dies nefastus publicus

Día 16

ante diem XIV Kalendas Martias

 

dies endotercisus

Día 17

ante diem XIII Kalendas Martias

Quirinalia

dies nefastus publicus

Día 18

ante diem XII Kalendas Martias

Tacita

dies comitialis

Día 19

ante diem XI Kalendas Martias

 

dies comitialis

Día 20

ante diem X Kalendas Martias

 

dies comitialis

Día 21

ante diem IX Kalendas Martias

Feralia

dies nefastus publicus

Día 22

ante diem VIII Kalendas Martias

 

dies comitialis

Día 23

ante diem VII Kalendas Martias

Terminalia

dies nefastus publicus

Día 24.

ante diem VI Kalendas Martias

Regifugium

dies nefastus

Día 25

ante diem V Kalendas Martias

 

dies comitialis

Día 26

ante diem IV Kalendas Martias

 

dies endotercisus

Día 27

ante diem III Kalendas Martias

Equirria

dies nefastus publicus

Día 28

Pridie Kalendas Martias

 

dies comitialis

Dies comitalis: Los ciudadanos pueden votar en causas políticas o criminales 

Dies fastus: Está permitida toda acción legal.

Dies nefastus: No puede llevarse a efecto ninguna acción legal o pública por medio de una votación.

Endotercisus: Dies fastus por la mañana y dies comitalis por la tarde.

Nefastus publicus : Se celebran fiestas religiosas públicas.

Nundinae: Se hacen transacciones comerciales y se comparte la charla en el Foro romano. Es el día señalado con una letra determinada de la A a la H que es distinta para cada año. Todos los días que están señalados con esa letra son  el día de las nundinae.

(Cfr.: http://www.novaroma.org/calendar

Cada cuatro años se añadía un día al mes de febrero, y ese día era: "ante diem VI bis Kalendas Martias", es decir, el día 6º antes de las Kalendas de Marzo repetido  '(De "sextum bis" o "bis sextum" procede nuestra palabra "bisiesto", referida a los años en que febrero tiene 29 días).

El calendario Juliano es el que tenemos hoy día, con las correcciones que en el siglo XVI hizo el papa Gregorio XIII. En dicho siglo había un desfase de 11 días con respecto al año astronómico, porque se añadía un día cada 4 años, sin tener en cuenta nada más, lo que era excesivo. A partir del calendario Gregoriano, no serán bisiestos los años que terminen en dos ceros, excepto los múltiplos de 400, que sí lo serán (1600 y 2000).

Este calendario fue siendo adoptado paulatinamente por los distintos Estados. Inglaterra no lo hizo hasta el siglo XVIII, mientras que España lo había hecho el mismo siglo XVI. Debido a esta diferencia de fechas, los dos grandes genios de la literatura universal, Cervantes y Shakespeare, murieron en la misma fecha, pero en distinto día: la fecha fue el 23 de abril de 1616, aunque el día real de la muerte de Shakespeare según el calendario gregoriano fue el 3 de mayo.

De la palabra "Kalendas" viene nuestra palabra "calendario". Los "Idus de marzo" son famosos porque ese día del año 44 a. C. (709 a. V. c.) fue asesinado Julio César. La expresión "ad Kalendas  graecas" quiere decir "nunca", porque los griegos no contaban el tiempo de la misma manera.

Cada día de la semana estaba dedicado a una divinidad, y sus nombres son el origen de los nuestros

"Dies Lunae"

Lunes

En inglés también es el día de la luna: "monday"

"Dies Martis"

Martes

 

"Dies Mercurii"

Miércoles

 

"Dies Iovis"

Jueves

 

"Dies Veneris"

Viernes

 

"Dies Saturnii"

Sábado (Esta palabra procede del pueblo hebreo)

Sin embargo los ingleses dicen "Saturday"

"Dies Solis"

Domingo (La palabra "domingo" procede de los cristianos, que lo llamaban  "dies dominicus" (día del Señor) por ser el día en que había resucitado Jesucristo.)

Los ingleses conservan la denominación: "Sunday"

Cada nueve días había mercado en Roma ("nundinae") y se consideraba día de fiesta en todas las actividades. La semana de 7 días, con uno de descanso, tiene su origen en la Biblia: describe la creación realizada por Dios en seis días, y al séptimo descansó.

CUESTIONES

1.- ¿Sabes cómo se dicen los distintos días de la semana en los distintos idiomas de España? ¿Son todos procedentes del Latín?

2.- ¿Es importante el calendario para la vida ciudadana? ¿Por qué?

3.- ¿Sabrías decir cuáles son las especificaciones que ha de tener un reloj de sol para que sea útil?

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PRIMA MENSA
LAS COMIDAS

 

Un condimento muy utilizado y a la vez muy apreciado era el garum. que era una especie de salsa-condimento que acompañaba a todos los platos. Tenía un sabor muy fuerte. Se hacía con pescado al que se le echaba sal y se dejaba que se descompusiese. Después se trituraba convirtiéndolo en un líquido espeso.

 

En la cuestión de las comidas los Romanos eran como los europeos de ahora. Hacían tres comidas al día, pero la principal era al final del día, no como nosotros, los españoles, que hacemos la comida más importante al mediodía.

IENTACULUM

o sea, el desayuno, y lo tomaban al levantarse de la cama. Consistía en pan, queso, miel, olivas, dátiles, y otros frutos secos

PRANDIUM

la comida que se hacía al mediodía, pero que no era más que un tentempié o refrigerio. Consistía en fiambre, fruta, vino. Se parecía a lo que era la "cena", pero menos abundante. No exigía tampoco la ceremonia de la comida principal

CENA

la comida más importante. Teniendo en cuenta que se acostaban al ponerse el sol, es decir a la hora duodécima, esta comida no podía tener lugar más tarde de las horas nona o décima, que según la época del año podían ser las 3 o las 4 de la tarde. Las ocupaciones del día habían terminado y la cena era la ocasión de un solaz más prolongado.

Se usaba el triclinio, pero no sólo se comía, sino que al final, después de cenar, con ocasión de la "comissatio": un “magister bibendi” (lo que hoy día es el sumiller o sea el experto y el encargado de los vinos) o “rex convivii” (que es lo mismo que un maître en los restaurantes modernos) se encargaba, como maestro de ceremonias de mezclar el vino y de animar a los invitados a beber y a divertirse. Se prolongaba la velada: se bebía, se charlaba, se oía música, y, si el anfitrión se lo podía permitir, se asistía a auténticos espectáculos de mimo, danza, actividades circenses, e, incluso, peleas de gladiadores.

La cena propiamente dicha solía consistir en tres partes:

1. "Gustatio" o entrada: entremeses que servían de aperitivo: huevos, ensalada, verduras, aceitunas, puerros, espárragos, champiñones, ostras, pescado salado, patés,... Ha quedado el refrán “ab ovo usque ad mala”, que quiere decir “desde el huevo hasta las manzanas”; teniendo en cuenta que el huevo era habitual en el comienzo de la cena, y las manzanas al final, este refrán significa el nuestro “de cabo a rabo” o “de principio a fin”

2. "Cena" propiamente dicha o prima mensa: Era el momento más importante de la cena, la parte central de la cena. Consistía en varios platos denominados "prima, secunda, tertia cena". Comían pescado (morenas, doradas, barbos,) y carne (sobre todo la de cerdo: jamones, pierna, etc.; pero también cordero, pato, pollo, liebre, etc.). Estas comidas estaban condimentadas con hierbas de sabores fuertes: canela, orégano, perejil. También comían pan.

Un condimento muy utilizado y a la vez muy apreciado era el garum. que era una especie de salsa-condimento que acompañaba a todos los platos. Tenía un sabor muy fuerte. Se hacía con pescado al que se le echaba sal y se dejaba que se descompusiese. Después se trituraba convirtiéndolo en un líquido espeso. El sur de la Península Ibérica era un sitio especial para la fabricación del garum. En Baelo Claudia, Cádiz, se han encontrado restos de su fabricación. Su comercio era muy lucrativo, debido al precio tan elevado que adquiría en Roma. Se transportaba en ánforas como la de la foto.

Plinio en su libro Naturalis historia (XXXI, 93 ss.) nos lo describe de esta manera:

Aliud etiamnum liquoris exquisiti genus, quod garum vocavere, intestinis piscium ceterisque quae abicienda essent, sale maceratis, ut sit illa putrescentium sanies. Hoc olim conficiebatur ex pisce, quem Graeci garon vocabant [. . .]

Nunc e scombro pisce laudatissimum in Carthaginis spartariae cetariis – sociorum id appellatur –, singulis milibus nummum permutantibus congios fere binos. nec liquor ullus paene praeter unguenta maiore in pretio esse coepit, nobilitatis etiam gentibus

Se llama garum, y es otra clase de líquido muy apreciado; se hace con las partes que se sacan del interior de los peces, dejándolas macerar con sal, de manera que queda una especie de jugo procedente del material putrefacto. En la antigüedad se hacía con un pez, que los griegos llamaban garon .

Ahora el garum más apreciado es el que se saca de un pez llamado caballa, en las pesquerías de la Cartago abundante en esparto. a este garum lo llaman  garum de los aliados, y se vende a un precio elevadísimo: cada dos "congios" cuesta mil sestercios. No hay otro líquido que tenga un precio más elevado incluso entre los nobles, excepto los perfumes.

Era una salsa muy apreciada, objeto de comercio y de exportación. Marcial le dedicó estos epigramas:

"Unguentum fuerat quod onyx modo parva gerebat:

olfecit postquam Papilus, ecce, garum est"

Creía que lo que había en el vaso de ónice era ungüento: después de que Papilo lo olió, ya no tenía duda: era "garum".

"Expirantis adhuc scombri de sanguine primo

accipe fastosum, munera cara, garum"

Recibe este "garum" fastuoso, regalo fantástico, hecho de la primera sangre de una caballa que todavía está respirando.

3.  “Secunda mensa”, o postres, que generalmente consistían en fruta, pastelería, confituras e incluso helado.

En algunas ocasiones se presentaban en la cena platos excepcionales, raros y sorprendentes, como se verá más adelante en la narración de la Cena de Trimalción contada por Petronio. Como comían echados sobre el brazo izquierdo, apoyándolo sobre un cojín, los manjares eran ofrecidos ya partidos y, generalmente se cogía la comida con los dedos, ya que no se conocía el tenedor. Tampoco había necesidad del cuchillo. A veces se usaba la cuchara.

Todos los romanos eran aficionados a la buena mesa, como nos lo enseña Cicerón. Sin embargo, los placeres que encontraba una persona como Catón el Censor en la sobremesa eran generalmente más intelectuales y de conversación instructiva que de diversión o de circo. En la obrita filosófica “De senectute” (“acerca de la vejez”), nos dice por boca de Catón, que es mejor y más instructivo comer acompañado de buenos amigos. (Cicerón, “De senectute”, 45 - 46)

Desde siempre tuve compañeros de fatigas y de juegos; pero lo que se dice círculo de amigos, camaradas auténticos, los tuve siendo cuestor, una vez que fueron realizados los sacrificios de la diosa Cibeles. 

Cuando se trataba de comer y banquetear con los amigos, no lo hacía nunca con moderación, pero tengo la excusa de que era joven y la sangre bullía; a medida que uno va aumentando en edad todas las cosas se suavizan y se hacen más moderadas; entonces valoraba el gusto que sentía más por el placer de los mismos banquetes, que por la compañía de los amigos y por las conversaciones. Nuestros antepasados denominaron sabiamente como “convivium”, es decir, “convivencia”, cuando un grupo de amigos que tenían una cierta manera semejante de llevar la vida se reunían para comer; lo hicieron mejor que los griegos, que a esto mismo lo llamaron sumposion (simposio), es decir, “beber juntos”, o también, “cenar juntos”; de esta manera parecía que apreciaban más lo que es menos importante para nosotros, es decir, el comer y el beber.

A mí me gustan mucho los banquetes que empiezan antes de la hora, y eso por el gusto que siento a causa de las conversaciones tan animadas, y no sólo con quienes considero iguales a mí, que pocos quedan ya, sino con jóvenes de vuestra edad, y con vosotros mismos. Tengo que dar gracias a la vejez que me ha aumentado las ganas de conversar, y me ha quitado las de comer y beber.

Se queja Marcial de que eran mucha gente para comer sólo un jabalí, que tampoco tenía guarnición, y, además, era pequeño. No debía ser una práctica habitual entre la gente más pudiente, pero sí entre los más pobres. Marcial hace que se note más el contraste porque se dedica a recordar otros manjares que solían acompañar a los jabalíes

"Mancino: nos invitaste ayer a cenar a sesenta comensales, y, no nos diste otra cosa que un jabalí para todos. No nos diste uvas, de las que se conservan en la vid y se recogen tarde, que son bien dulces, y que pueden competir con las más dulces manzanas o con la miel; tampoco nos diste peras, esas que se conservan atadas a lo largo de una hebra de esparto; ni granadas traídas de Africa y que imitan a las rosas; tampoco nos has puesto los quesos de tetilla traídos desde Sasina, ni las aceitunas de Piceno envasadas en jarras: simplemente un jabalí y nada más; además, ¡qué jabalí! un jabalí ridículo, hasta tal punto, que le podía haber matado un enano desarmado. Después, a pesar de que todos estábamos esperando, nada se nos dio. Se nos ha puesto un jabalí de la misma manera que suele ponerse en la arena del circo. Que no se te sirva a la mesa un jabalí después de tales hechos, si no, tú puedes ser puesto como alimento para él, como le pasó a Charidemo". 

A continuación, con textos de Petronio, vamos a conocer los distintos menús que aparecían en una comida romana. Nos cuenta la cena en casa del liberto nuevo rico Trimalción. Se ve que era un nuevo rico, porque los manjares que saca en su cena son excesivamente raros.

LOS ENTREMESES

("gustatio") (XXXI, 8 - 11)

Fueron servidos unos entremeses magníficos; y ya todos se habían reclinado para comer excepto uno: el anfitrión Trimalción, al que se le reservaba el primer lugar, según la nueva situación social.

Colocado en la bandeja de los entremeses apareció un borriquillo corintio, que llevaba aceitunas en sus alforjas, en la una blancas y en la otra negras. El borriquillo tapaba dos platos en cuyos bordes estaba escrito el nombre de Trimalción y su peso en plata. Unos puentecillos soldados sostenían unos lirones esparcidos entre la miel y las adormideras. También hubo salchichas bien calientes sobre una bandeja de plata, y por debajo ciruelas sirias con granos de granadas.

PRIMA MENSA

(XXXIII, 3 - 8) 

En el entre tanto, mientras el anfitrión terminaba de decir los dichos chascarrillos de rigor entre bromas, al tiempo que todos nosotros estábamos comiendo, los criados trajeron una fuente con una cesta, en la cual había una gallina de madera, con sus alas bien abiertas formando un redondel, como si estuviera incubando los huevos.

A continuación se acercaron dos criados y con un ruido infernal comenzaron a remover la paja y, sacaron de debajo huevos de pavo que repartieron entre los invitados.

Trimalción volvió los ojos hacia lo que estaba pasando y dijo: “Amigos, he mandado poner debajo de la gallina huevos de pavo. ¡Por Hércules!, que temo que ya estén incubados. Probémoslos, sin embargo. Tal vez todavía se puedan sorber”.

Nos entregaron unas cucharas que pesaban por lo menos seis libras cada una, y tratamos de comer los huevos. Resulta que estaban hechos de una masa de harina y aceite.

Yo casi tiré mi parte, ya que parecía que el pollo estaba dentro y le iba a alcanzar con la cuchara. Después, como oí a uno de los comensales que decía: “Yo no lo sé, pero esto debe ser algo muy bueno”, me dediqué a comerlo y, al meter la cuchara más adentro, encontré una riquísima pasta de higo rodeada de yema de huevo sazonada con un poco de pimienta.

LA BEBIDA

(XXXIV, 6 - 7)

En seguida trajeron unas ánforas de vidrio recubiertas de figuras de yeso. En el cuello de las ánforas se veían sus etiquetas pegadas con esta inscripción: “Vino de Falerno Opimiano de cien años” 

Estábamos leyendo las etiquetas cuando Trimalción dio dos palmadas y dijo: “¡Ay! Este vino ha vivido bastante más que un pobre hombre. Por tanto bebamos alegremente. El vino es la vida. Ponedme pronto de este Opimiano. Ayer no saqué un vino tan bueno, y eso que cenaban conmigo gente importante”.

PRIMA CENA

(XXXV, 1 - 6)

Una vez terminado el panegírico llegó el servicio de la mesa al completo. No tan magnífico como lo esperábamos. Sin embargo una novedad hizo que los ojos de todos se volvieran a mirar.

La bandeja redonda tenía los doce signos del zodíaco dispuestos en círculo, y sobre ellos el cocinero había colocado la comida propia y convenientemente. Sobre el signo de Aries, garbanzos aretinos; sobre Tauro, trozos de carne de vaca; sobre Geminis, criadillas y riñones; sobre Cáncer, una corona; sobre Leo, higos africanos; sobre Virgo, una matriz de una cerda que no ha parido; sobre Libra, una balanza en cuyos platillos había, en uno una tarta de queso y en otro una tarta dulce; sobre Escorpio, unos pececillos marinos; sobre Sagitario un animal extraño, medio pez; sobre Acuario un ganso, sobre Piscis, dos salmonetes.

En medio una porción de césped cortado con otras hierbas sostenía un panal de miel. Por último, un muchacho egipcio iba alrededor con un horno de plata en el que cocía el pan.

SECUNDA MENSA

(XXXVI, 1 - 4)

Después de que hubo pronunciado un discurso, cuatro danzarines salieron al centro a bailar acompañados de instrumentos y se llevaron la parte superior de la fuente.

Al llevárselo, vimos que en la parte de abajo había capones y tetinas de cerda, y una liebre en el centro, adornada con plumas, de forma que parecía el Pegaso.

Nos dimos cuenta de que en los cuatro ángulos de la fuente había cuatro representaciones de Marsyas que aguantaban unos pequeños odres de donde salía un chorrito de garum a la pimienta que cubría el pescado. Daba la impresión de que los peces nadaban en una piscina.

Aplaudimos todos siguiendo a la familia, que había empezado a aplaudir, y, contentos y alegres, nos lanzamos sobre esas comidas tan especiales.

LOS POSTRES

(XL, 3 - 8)

Siguió otra fuente en la que estaba colocado un jabalí de un tamaño excepcional que llevaba puesto un gorro frigio. De sus mandíbulas colgaban dos cestillas tejidas de hoja de palma que estaban repletas de dátiles, los unos frescos y los otros secos.

Alrededor del jabalí grande había otros lechoncillos más pequeños hechos de mazapán, y representaban como que estaban mamando, lo que quería decir que se trataba de un jabalí hembra. Éstas eran las ofrendas de los comensales.

Ya tocaba abrir el jabalí, y no lo hizo el maestresala Carpo, que había despedazado los capones, sino que se acercó un personaje enorme, con barba, con vendas en las piernas y adornado con una pequeña capa de tejido adamascado de diversos colores; éste, sacando de su funda un machete, hirió con fuerza el costado del jabalí. ¡Oh sorpresa! De su interior salieron volando una multitud de tordos.

Los cazadores estaban preparados con cañas y en seguida cogieron a todos los pájaros que volaban alrededor del triclinio.

Entonces Trimalción mandó que se le repartiese a cada uno el suyo, y añadió: “¡Fijaos! ¡qué cerdo salvaje! Se ha comido todas las bellotas.”

En seguida unos muchachos se acercaron a las cestillas que colgaban de los dientes del jabalí y repartieron todos los dátiles, los frescos y los secos, entre los comensales.

Durante la Edad Media hubo en Centro-Europa un movimiento estudiantil en el que participaban también ciertos clérigos que no llevaban bien los votos y los hábitos clericales. A estos clérigos los llamaban goliardos, y rivalizaban con los estudiantes y gentes de vida alegre en frecuentar tabernas y casas de mala nota. De sus actividades nos han quedado los versos reunidos en la colección “Carmina Burana”, que son los poemas encontrados por el director de la Biblioteca de Munich en la abadía de Benedikbeuren, que se encuentra en los Alpes bávaros. Uno de ellos “Olim lacus colueram”, pertenece al grupo de los “poemata potatoria et lusoria”, es decir, “los poemas que hablan de beber y divertirse”. Habla de los pensamientos de un hermoso cisne que se encontraba ya en la cazuela dispuesto a ser comido.

Estos poemas solían ser cantados, y de algunos de ellos conservamos la música, una música medieval. Pero modernamente el músico alemán Karl Orff ha compuesto una partitura para gran orquesta, solistas y gran coro. Una de las composiciones más conocidas es la que empieza 

“O fortuna, 

velut luna 

semper variabilis”

"Oh, Fortuna,

como la luna

siempre variable"

 

OLIM LACUS COLUERAM

Carmina Burana

1.- Olim lacus colueram

olim pulcher extiteram

dum cygnus ego fueram

Miser, miser!

Modo niger 

et ustus fortiter!

1.- En otro tiempo habitaba un lago,

en otro tiempo era muy hermoso

mientras era cisne.

Desgraciado, desgraciado

ahora estoy negro

y totalmente quemado.

  2.-Eram nive candidior,

quavis ave formosior,

modo sum corvo nigrior.

Miser, miser!...

2.- Era más blanco que la nieve,

más hermoso que cualquier ave;

ahora soy más negro que un cuervo.

Desgraciado, desgraciado…

 3.- Me rogus urit fortiter,

girat, regirat garcifer,

propinat me nunc dapifer.

Miser, miser!...

3.- La hoguera me está quemando demasiado

el cocinero gira y vuelve a girar

ahora el camarero me entrega

 Desgraciado, desgraciado…

4.- Mallem in aquis vivere,

nudo semper sub aere,

quam in hoc mergi pipere.

Miser, miser!...

  4.- Prefería vivir en las aguas,

bajo el aire limpio,

que estar sumergido en pimienta.

Desgraciado, desgraciado… 

5.- Nunc in scutella iaceo 

et volitare nequeo

dentes frendentes video.

Miser, miser!...

5.- Ahora estoy tumbado en el plato

y no puedo volar.

Veo unos dientes que rechinan.

Desgraciado, desgraciado…

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PANEM ET CIRCENSES”

LAS DIVERSIONES

 

En Roma proliferaban los ociosos: personas con un trabajo no continuo, que tenían muchas horas de tiempo libre al día, y, que, en muchas ocasiones, se podían alquilar a quien les pagase para realizar los más diversos trabajos, tanto útiles como alborotadores. Una manera de mantener el orden y que los ociosos no promovieran revueltas, ya espontáneas, ya a sueldo, era ofrecer espectáculos, muchos, variados y a un precio muy reducido (incluso reservando plazas gratuitas)

 

El gusto por el ocio ("otium") era característico de los Romanos. Dedicaban una parte muy importante de su tiempo a ocupaciones lúdicas, como pueden ser las tertulias, los deportes, los juegos de azar. Estas manifestaciones festivas iban casi siempre acompañando a otras actividades, como el baño o la cena.

La asistencia de una persona tanto a las termas como al triclinio, no quería significar que el romano fuese sólo a bañarse, en una o varias de las distintas variedades de baños, o a cenar, ya en familia o ya con los amigos. Aprovechaba las reuniones con otras personas para realizar todas estas actividades sociales y las que pueden ser admitidas bajo el epígrafe de ocio o diversión.

Los constructores de las termas, al disponer los distintos espacios, tuvieron en cuenta estas necesidades de los Romanos, y las convirtieron en grandes espacios ajardinados, con diferentes ambientes, para todo tipo de actividades, tanto físicas como intelectuales.

Antes de generalizarse esta manera de pasar el tiempo libre, la juventud romana solía reunirse en el "Campo de Marte" ("Campus Martius"), gran explanada, para realizar ejercicios físicos, competiciones deportivas, natación en el vecino Tíber, equitación e hípica.

Las diversiones que  se tenían a continuación de la cena eran  más reposadas. Al mismo tiempo que se continuaba bebiendo, se jugaba a los juegos de azar, se escuchaba música o poemas, se conversaba largo y tendido, o se asistía a espectáculos más o menos circenses, más o menos atrevidos.

En Roma proliferaban los ociosos: personas con un trabajo no continuo, que tenían muchas horas de tiempo libre al día, y, que, en muchas ocasiones, se podían alquilar a quien les pagase para realizar los más diversos trabajos, tanto útiles como alborotadores.

Una manera de mantener el orden y que los ociosos no promovieran revueltas, ya espontáneas, ya a sueldo, era ofrecer espectáculos, muchos, variados y a un precio muy reducido (incluso reservando plazas gratuitas).

En todas las ciudades importantes, tanto en Italia como en las provincias, se han encontrado complejos de construcciones dedicadas a estos espectáculos públicos: un teatro, un anfiteatro y un circo.

Estas construcciones eran relativamente modernas. Comenzaron a aparecer teatros y circos de fábrica permanente hacia el siglo I a. C. No quiere decir esto que no se representasen tragedias o comedias antes de esa fecha. Los teatros primitivos eran un simple entarimado elevado, y los circos, un valle alargado entre dos colinas. A imitación de los griegos, al principio se construyeron teatros semicirculares de madera, que se destruían después de las representaciones, hasta que en el año 55 a. C., Pompeyo construyó el primer teatro de piedra.

Pudo construirlo sin tener que estar sujeto a la pendiente de la colina, por el mejor conocimiento que tenían los Romanos de los elementos de construcción, pues los Griegos, aunque los conocían, nunca utilizaron elementos arquitectónicos tales como el arco y la bóveda. (En la foto, el teatro romano de Orange)

El circo ("circus") era un rectángulo alargado con un eje central en sentido longitudinal ("spina"), alrededor de la cual los carros de 2 caballos ("bigae") o de cuatro ("quadrigae") daban 7 vueltas. El circo más importante era el "Circus Maximus" de Roma, que llegó a tener una capacidad para más de 100.000 espectadores.

Con la construcción de dos teatros adosados a los que se les hace desaparecer la escena después de la representación teatral, (año 59 a. C. por el edil Curión), se forma el "amphitheatrum".

 Los primeros anfiteatros eran de madera, pero pronto ocurrirá lo mismo que con los teatros, es decir, que se hicieron de fábrica. En muchos lugares, teatro y anfiteatro están muy próximos (caso de Mérida y Segóbriga) de manera que se pueda pasar de un espectáculo a otro con facilidad.

El anfiteatro Flavio o "Coliseo" de Roma es el más importante. Fue construido en el último cuarto del siglo I d. C. Tenía una capacidad para más de 50.000 espectadores.

LAS FIESTAS

La semana, tal como la conocemos, con 5 o 6 días de trabajo y 2 o 1 de descanso, procede del Pueblo Hebreo y del Cristianismo. Los  Romanos tenían un día de descanso cada  nueve días ("nundinae"), que empleaban para pasear, hacer deporte, visitar o invitar a otras familias.

Con motivo de fiestas religiosas, que eran numerosas, se organizaban diversiones y espectáculos públicos. Eran  vestigios de antiguas celebraciones dedicadas a las divinidades, o con motivo de actividades guerreras o agrícolas. Había fiestas fijas y fiestas excepcionales.

Las principales fiestas dedicadas a las divinidades eran para evitar maleficios o para la purificación

Carmentalia

 en enero.

Lupercalia y Feralia

en febrero

Matronalia

en marzo

Lemuria

en mayo

Los ritos agrarios principales se celebraban en las fiestas llamadas

Terminalia

en febrero

Saturnalia

en diciembre

Además, durante ciertos días del año se celebraban juegos públicos, generalmente organizados por el Estado

Ludi Megalenses

en honor de Cibeles, en abril.

Ludi Ceriales

en honor de Ceres, en abril.

Ludi Florales

en honor de Flora, en mayo

Ludi Apollinares

en honor de Apolo, en julio

Ludi Consuales

en agosto, que se celebraban desde los tiempos de Rómulo

Ludi Romani o Ludi  Magni

en honor de Júpiter, se celebraban en septiembre

Ludi Plebei

en noviembre

Se celebraban también otros juegos, pero no tenían el carácter anual

Ludi Saeculares

que se celebraban una vez por siglo

Estos "ludi" solían consistir en distintos tipos de ceremonias, expiaciones, procesiones, y, además, representaciones teatrales, espectáculos de circo y combates de gladiadores o cazas de fieras.

Tanto las fiestas como los juegos tenían un origen religioso, pues se celebraban en honor de una o varias divinidades.

Ya hemos hablado de los "ludi" que se repartían a lo largo del año, aunque no eran los únicos. En la época imperial se llegó a programar juegos durante 130 días al año, y en ocasiones duraban varios días seguidos.

Los "ludi" podían ser de dos clases: (dependía del lugar donde se celebraban):

1.- "LUDI CIRCENSES": se celebraban en el circo, y consistían en las carreras de carros y en las luchas de gladiadores ("ludi gladiatorii") que más tarde se trasladaron a los anfiteatros, lo mismo que las cacerías ("venationes") y otros tipos de espectáculos, como los suplicios a los condenados o los martirios de los cristianos ("ad bestias").

2.- "LUDI SCAENICI": Su lugar era el teatro, y consistían en representaciones teatrales de tragedias o comedias, o de mimos y pantomimas.

Hemos de admitir que los espectáculos tenían mucha importancia en la antigua Roma y con el Imperio se acrecentó. La expresión "panem et circenses" (`pan y circo'), es decir `alimento y diversión', expresa bien lo que queremos decir.

Bien es verdad que algunas veces nos sentimos escandalizados por la brutalidad de estos espectáculos, cuando pensamos que en muchas ocasiones, en los "ludi circenses" se reproducían mitos o representaciones que llevaban aparejado el suplicio o incluso la muerte del protagonista. El actor asumía "voluntariamente" tal cometido (a veces era  un condenado a muerte).

En la inauguración del Coliseo se representó el mimo que contaba las hazañas de un bandido, Lareolus, que terminó su vida crucificado y desgarrado por un oso. La representación fue del todo realista.

Solían ser crueles también los combates de gladiadores, en los que la lucha era a muerte. Ésta era decidida para el perdedor por la autoridad que presidía los juegos, y que con el gesto de dirigir el pulgar hacia arriba o hacia abajo ("pollice erecto"; "pollice verso") determinaba la vida o muerte del perdedor.

Los "ludi scaenici", es decir, las representaciones teatrales eran la parte más noble de los juegos. No se veían brutalidades; sin embargo, cada vez más, las tragedias y comedias fueron sustituidas por los "mimos", y sobre todo por las "atellanae", que al principio eran farsas improvisadas, pero que más tarde se convirtieron en auténticas piezas teatrales de un gusto más que dudoso, que tenían como objeto la crítica, lo más realista posible, de la sociedad romana.

El teatro era un semicírculo o hemiciclo con gradas, cerrado en su diámetro por la "scaena" o escenario. El teatro propiamente dicho era la "cavea" o graderío cóncavo, que estaba dividido en "cunei" o secciones por medio de escaleras que subían desde la "orchestra", que  era un semicírculo plano entre la primera fila y la "scaena". La mitad superior de la "cavea" tenía el doble de "cunei" que la mitad inferior, según las normas vitruvianas de construcción de teatros.

La "scaena" solía tener un `decorado' de fábrica de gran vistosidad: "frons scaenae" con puertas de acceso a la parte trasera o "postscaenium". Por debajo de la "cavea" solía haber galerías abovedadas, que comunicaban las distintas localidades, y a las que se accedía por los "vomitoria" o puertas de salida.

De los teatros de España el mejor conservado es el de Mérida (en la foto). Su escena tiene 60 metros de larga por 7 de ancha. Su capacidad era de unos 5.000 espectadores.

El circo era una gran explanada rectangular acotada en tres de sus partes, las dos largas y una estrecha, por gradas, mientras que en la otra estrecha se hallaban las "carceres" (cuadras y edificios anejos) desde donde se comenzaba la carrera. En el centro, y paralelo a los dos lados largos del rectángulo, aunque más cerca de uno que de otro, se encontraba la "spina", un muro alrededor del cual se corría, dando 7 vueltas.

Los corredores pertenecían a los equipos rojo, verde, azul y blanco, según el color de su casco.

El circo solía ser una edificación de grandes dimensiones: El "circus maximus" de Roma (en la foto) tenía una longitud de 645 metros, por una anchura de 124. En tiempos de César podía albergar hasta 100.000 espectadores, pero después de las ampliaciones de Nerón y Trajano, su capacidad llegó hasta los 300.000.

El circo de Mérida tiene unas dimensiones más reducidas: 403 metros por 96. Por uno de los extremos los dos lados mayores se unen  formando un semicírculo. La "spina" tiene una longitud de 233 metros, y sus gradas podían dar acomodo a unos 30.000 espectadores.

Circus Maximus de Roma

El anfiteatro, destinado a las cacerías ("venationes") y a las luchas de los gladiadores ("ludi gladiatorii"), era un recinto elíptico, cerrado por un graderío que lo rodeaba.

Solía ser todo él de nueva planta, y en el exterior alternaban en cada piso los distintos órdenes arquitectónicos, arcos y pilastras. Por debajo de las gradas había galerías abovedadas elípticas que lo rodeaban y que ponían en comunicación todas las localidades.

Como en el teatro, la "cavea" recibe el nombre de "cavea ima", "cavea media" y "cavea summa" según su altura, y estaba separada por las escaleras formando "cunei".

Se conservan algunos anfiteatros de dimensiones enormes: el "Amphitheatro Flavio" o "Coliseo" de Roma, construido el año 8 d. C., tiene un perímetro exterior de 524 metros. Su altura es de 48,50, y sus ejes mayor y menor, de 188 y 156 metros respectivamente. Podía acoger unos 50.000 espectadores.

CUESTIONES

1.- ¿Queda algún recuerdo de las diversiones antiguas de los romanos en las de los hombres modernos? ¿A qué tipo de espectáculos se pueden comparar los distintos espectáculos romanos?
2.- ¿Existe alguna relación entre las fiestas de los romanos y las actuales, sean religiosas o cívicas?
3.- ¿Qué opinión te merecen los juegos de gladiadores y que la vida de las personas estuviera en la decisión y el gusto de los espectadores?
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UBI HABITAS?

LA CASA

 

Tanto en Roma como en otras ciudades, Ostia, por ejemplo, solucionaron el problema de la vivienda con casas de vecindad de varios pisos, llamadas "insulae". Eran como `islas': "bloques aislados, rodeados de calles que los aíslan del resto de la ciudad, como el mar deja sola a una isla" (Ernout - Meillet). Este tipo de viviendas en que podían vivir varias familias, se oponía a la "domus", casa romana unifamiliar típica. 

Pompeya a los pies del Vesubio

En el siglo XVIII, siendo rey de Nápoles nuestro Carlos III se descubrieron las ruinas de Pompeya y Herculano. Eran dos ciudades de las que se tenía conocimiento por los libros, pero que habían sido destruidas y sepultadas bajo una gran capa de cenizas y lava. Fue un espléndido descubrimiento, con el que se llenó la gran laguna que había sobre la vida diaria de los romanos. Sobre todo en Pompeya se descubrieron las casas romanas: las domus, de la gente pudiente de Roma, que iba a pasar grandes temporadas a esta ciudad de la Campania. 

Se tenía ya conocimiento de cómo eran las casas unifamiliares, pero no se habían encontrado tantas y tan bien conservadas como las que se encontraron en Pompeya. Se comprende que una gran aglomeración urbana como era Roma, que llegó a tener un millón de habitantes, no dispusiera de sitio suficiente para este tipo de viviendas. En Pompeya habían sido preservadas durante 18 siglos de todo tipo de saqueos y de destrucciones. Sólo había que excavar. Algunos techos se habían desmoronado, pero otros se conservaban intactos. 

La antigua casa itálica sólo tenía una habitación, con dos aberturas: la puerta de entrada, por donde entraba también la luz y el aire, y la del centro del techo, por donde salía el humo del hogar. Esta última se llamaba "atrium", tal vez debido a que con la salida del humo se ennegrecía ("ater": `negro'): 

"Ibi culina erat, unde atrium dictum est; atrum enim erat ex fumo" (Servio, I, 726). (Allí estaba la cocina, y por eso se llama atrio, pues era negro por causa del humo)

De esta primitiva casa tan sencilla se deriva la casa típica romana. Al agrandarse el "atrium" se convierte en un patio al que dan todas las habitaciones, que están alrededor y que no tienen salida ni vista al exterior, sino al "atrium". Esta casa típica es unifamiliar y de una sola planta. 

LAS "INSULAE"

Tanto en Roma como en otras ciudades, Ostia, por ejemplo, solucionaron el problema de la vivienda con casas de vecindad de varios pisos, llamadas "insulae". Eran como `islas': "bloques aislados, rodeados de calles que los aíslan del resto de la ciudad, como el mar deja sola a una isla" (Ernout - Meillet). Este tipo de viviendas en que podían vivir varias familias, se oponía a la "domus", casa romana unifamiliar típica. 

 

"Insulae dictae proprie quae non iunguntur communibus parietibus cum vicinis circumituque publico aut privato iunguntur, a similitudine videlicet earum terrarum quae in fluminibus ac in mari eminent suntque in salo"

Se llaman “islas” bien llamadas, ya que no están unidas con paredes comunes con las casas vecinas, sino que están rodeadas por un espacio por las que se las puede dar la vuelta, ya sea de titularidad pública o privada; se da una cierta semejanza con aquellas tierras que en los ríos o en el mar sobresalen y están rodeadas de agua.

Muchos escritores nos cuentan las incomodidades de estas casas de vecindad: Séneca, Juvenal, Marcial, nos hablan de los ruidos, de la estrechez, de los olores, etc. Efectivamente, son locales pequeños, mal distribuidos, sin apenas luz. Las calles eran tan estrechas, que parecía que el vecino de enfrente estaba en tu habitación. 

"Nosotros habitamos una ciudad apuntalada en gran parte con soportes que tiene la fragilidad de la caña; tal es, en efecto, el magnífico remedio hallado por el administrador, cuando la casa está a punto de hundirse; después, pasando una mano de yeso por una grieta abierta en tiempos remotos, te dice: `Ahora ya puedes dormir tranquilo'. Y, mientras tanto, la casa amenaza caérsete encima".(Juvenal, III, 93 - 96)

Marcial se queja del ruido que levanta una escuela que tiene en la planta baja de su casa (IX, 68)

"¡Maestro criminal! ¿Qué tienes contra nosotros, persona odiada por chicos y chicas? `Todavía no han roto el silencio nocturno los gallos de crestas rojas, y tú ya atruenas con tu violenta cháchara y con tus golpes de látigo. Tan ruidosamente retumban los yunques cuando se bate el cobre o cuando un obrero trata de encajar la estatua de un abogado en la silla de un caballo. El griterío que se levanta en un gran anfiteatro en el momento en que la turba aclama a su favorito que enseña el escudo victorioso, es más suave. Los vecinos buscamos el sueño; bien es verdad que no durante toda la noche, pues velar no es demasiado pesado; pero pasar toda la noche en vela, ¡ya está bien!. Deja marchar a tus alumnos, charlatán. ¿Quieres que te demos por callarte lo mismo que te dan por gritar?"

Y Juvenal dice

"En Roma, para poder dormir se necesita mucho dinero”

La madera abundaba en la construcción de estos edificios, y, cuando se producía un incendio, cosa frecuente pues se cocinaba en el interior sin poner el cuidado necesario, se propagaba con mucha rapidez y solía ser de grandes proporciones. Recordemos el gran incendio de Roma en tiempos de Nerón (cfr.: Tácito, "Annales", XV, XXXIX - XLIII; Suetonio, "Nerón", XXXVIII)

A partir de este momento se empleó en la construcción más la piedra que la madera. Se hicieron las calles más anchas. Algunos protestaban de esta medida, pues, decían, había menos sombra.

Estas habitaciones se alquilaban y no a poco precio. Se pretendía construir cada vez más arriba. Los derrumbamientos estaban a la orden del día. Ya Augusto había dictado unas ordenanzas limitando la altura de las casas de vecindad. Pero la necesidad de habitación hizo que se olvidaran dichas ordenanzas, hasta que Trajano estableció la altura máxima en 18 metros (6 o 7 pisos). A su vez estas disposiciones se olvidaron con el paso del tiempo.

 

LA DOMUS

Mientras que las casas de vecindad (las "insulae") estaban orientadas hacia el exterior, incluso con fachadas decoradas, la casa típica (la "domus") procedente de la antigua cabaña, no tenía hacia la calle más que las "tabernae", tiendas que existían en los bajos y que el dueño de la "domus" alquilaba. No pertenecían a la casa propiamente dicha.

Aparte de la puerta de entrada, las habitaciones daban al "atrium" o primer patio, o al "peristylium", que era un segundo patio rodeado de columnas, y que era una prolongación de la "domus".

La pieza principal a la que rodeaban las habitaciones era el "ATRIUM" o patio porticado interior. En el centro solía tener un pequeño estanque ("COMPLUVIUM") donde se recogía el agua de lluvia ("pluvia"), y que caía en él gracias al "IMPLUVIUM", abertura del tejado con las vertientes dirigidas al interior.

En los primeros tiempos, el "atrium" era el lugar de reunión, la pieza central de la casa, según las costumbres itálicas, pero poco a poco la vida fue trasladándose a la parte posterior, donde se encontraba la habitación del "pater familias": el "TABLINUM", que daba paso al "PERISTYLIUM" o patio trasero, más íntimo. De esta manera, el "atrium" quedaba como un vestíbulo más o menos lujoso, donde todavía se conservaban las diferentes capillas (lararium) para los dioses familiares  (lares). Este sentido de sala previa a la vivienda es la que ha dado el atrio en las edificaciones religiosas de los siglos siguientes, sobre todo en el arte bizantino y románico.

Al "atrium" se accedía desde la calle por una puerta ("IANUA") situada en el centro de un pequeño corredor entre el exterior y el "atrium": la parte que quedaba entre la puerta y la calle era el "VESTIBULUM", y la parte interior hasta el "atrium", las "FAUCES". Además solía haber otra puerta de servicio: el "POSTICUM". 

El "TABLINUM" era la habitación noble que estaba enfrente de la entrada y que comunicaba el "atrium" y el "peristylium". Estaba adornada con profusión.

Alrededor del "atrium" se encontraban las "ALAE". Unas comunicaban con él y eran las habitaciones de dormir o "CUBICULA". Otras estaban comunicadas con el exterior y eran las "TABERNAE" o tiendas.

El segundo patio o "PERISTYLIUM" era la parte más interior de la casa romana, y por eso mismo el lugar donde se llevaba a cabo, sustituyendo al "atrium", la vida íntima y familiar. El nombre lo recibía de las columnas que lo rodeaban y que sujetaban un pórtico. Sin embargo en ocasiones, las columnas faltaban, y el "peristylium" era un sencillo y agradable jardín.

Alrededor del "peristylium" había habitaciones ("cubicula") y otras dependencias: "TRICLINIUM", "EXEDRA", "OECUS" que son salas de comer y de estar.

El "peristylium" solía ser un lugar muy apropiado para colocar diversas obras de arte, o también objetos valiosos: aparadores, lámparas, figuras, fuentes, joyas, etc. 

Se puede ver este plano y otras curiosidades acerca de la casa romana en una página web muy interesante sobre Pompeya realizada por Casilda Llona: http://www.terra.es/personal2/casildallona 

              Petronio fue un novelista romano que se cree que vivió en tiempos de Nerón. Parece ser que procedía de una familia de libertos, aunque llegó a ser reconocido como el árbitro de la distinción y la elegancia en Roma. Escribió una novela titulada “El Satiricón”, en la que aparecen las clases sociales más bajas de Roma, aunque fueran ricos, como el liberto Trimalción, que invita al protagonista a cenar. Con esta disculpa describe el vestíbulo y las pinturas del atrio de la casa de Trimalción. (Petronio, "El Satiricón", 28, 6)

“Avanzamos llenos de admiración y llegamos con Agamenón a la puerta, en cuyo dintel estaba fijado un panfleto con esta leyenda: “EL ESCLAVO QUE SALGA FUERA DE AQUÍ SIN PERMISO DE SU SEÑOR RECIBIRÁ CIEN AZOTES”.

En la misma entrada estaba de pie el portero vestido de verde, con un cinturón de color cereza, que limpiaba guisantes en un plato de plata.

Por encima de la entrada colgaba una jaula de oro en la que una urraca con un plumaje de tonos diversos saludaba a los que entraban.

Todas estas cosas me llenaron de admiración, y miraba hacia arriba como embobado: tropecé y me hice daño en una pierna. Según entras a la izquierda no lejos de donde estaba el portero en la pared alguien había pintado un perro enorme atado a una cadena, y sobre él escrito con letras mayúsculas se leía la siguiente inscripción: “CAVE CANEM”, que quiere decir “CUIDADO CON EL PERRO”.

Mis compañeros se rieron de la ocurrencia, pero yo no dejé de continuar viendo las pinturas de la pared, porque me había sorprendido.

Estaba representado un mercado de esclavos, con sus títulos de propiedad, de compra y de precio, y entre todos se veía al mismo Trimalción con una gran cabellera que llevaba en la mano un caduceo, símbolo del dios Mercurio y que, guiado por Minerva, entraba en Roma.

A continuación aparecía la Fortuna, con el cuerno de la abundancia lleno, y las tres Parcas que hilaban la lana de oro, que representaba el destino de los mortales.

Me fijé también que en un pórtico se representaba un grupo de corredores, que se entrenaban bajo la atenta mirada de un maestro.

Además, en un ángulo vi un gran armario que tenía unas hornacinas con sus Lares de plata y el distintivo de Venus hecho de mármol, y una caja de oro bastante grande en la que decían que estaba guardada la propia barba del dueño de la casa.

Me puse a preguntar al que guardaba el atrio qué significaban aquellas pinturas. Él me contestó muy serio: “La Ilíada y la Odisea, y el combate de gladiadores de Lenates”. No lo tomé en consideración.

EL TRICLINIO

Una de las habitaciones o salas propias de las casa romana era el "TRICLINIUM" o comedor. Se llamaba así porque estaba amueblado con tres lechos en los que se reclinaban (`clino') los romanos para comer, alrededor de una mesita que al principio era cuadrada y más tarde circular. Los lechos solían estar cubiertos con almohadones o edredones, y los comensales se apoyaban en ellos con el codo izquierdo, dejando el derecho libre para poder utilizarlo al comer.

Los lechos de disponían alrededor de una mesa, generalmente circular, como en la figura

LECTUS MEDIUS

locus            locus                 locus imus             medius         summus

locus summus

LECTUS

locus medius

IMUS

locus imus

locus imus

LECTUS

locus medius

SUMMUS

locus summus

 

                   El lugar de honor parece que era el "IMUS IN MEDIO", es decir, el puesto de la izquierda (locus imus) del  lecho central (lectus medius), que también se llamaba "locus consularis", y el dueño de la casa ocupaba el "SUMMUS IN IMO", o sea el lugar más elevado (locus summus) del lecho de la izquierda (lectus imus). De todas formas no había una regla fija en esta disposición.

 Alrededor del "perystylium" había otras habitaciones y dependencias, como la cocina y los cuartos de baño. 

Las habitaciones de la casa romana no eran luminosas, ya que la luz que recibían era la del "atrium" o la del "perystylium", y por pequeñas aberturas. Tampoco eran muy espaciosas. En ellas no se hacía la vida, sino lo necesario. La mayor parte del tiempo la familia estaba en el "atrium" o en el "perystylium".

Las habitaciones solían estar decoradas con pinturas y estucos que representaban construcciones y espacios en perspectiva, o calles y jardines, para dar la sensación de amplitud. Los suelos solían ser de mosaicos con diferentes motivos, entre los que se encuentran los geométricos y los mitológicos como los más frecuentes. También aparecen escenas de la vida diaria y temas alusivos a los usos de las distintas dependencias.

Petronio también describe el triclinio de la casa de Trimalcion (Petronio, “El Satiricón”, XXX, 1,  6) 

Después de todo lo que habíamos visto, habíamos llegado al triclinio. Nada más entrar, el ecónomo recibía las cuentas. Lo que me llenó de admiración sobre todo fue que en las jambas de la puerta del triclinio había antorchas fijadas con segures, cuya parte más alta terminaba en una especie de espolón de navío, en el que se podía leer: “EL DESPENSERO CINNAMO, A G. POMPEYO TRIMALCIÓN, AUGUSTAL Y SEXVIRO”.

Bajo el mismo título también colgaban de las paredes de la cámara unas lucernas de dos lámparas cada una y había dos cuadros fijados en ambas jambas. En una de ellas estaba escrito, si me acuerdo bien de lo que ponía: “EL DÍA 3º Y LA VÍSPERA DE LAS KALENDAS DE ENERO, NUESTRO DUEÑO GNAEO CENARÁ FUERA”. La otra indicaba por medio de siete imágenes pintadas el curso de la luna y de las estrellas, y cuáles eran los días buenos y cuáles los no apropiados. Se notaban con botones coloreados.

Al intentar entrar en el triclinio llenos como estábamos de todos aquellos inesperados placeres, uno de los sirvientes, que tenía esta obligación, exclamó: “CON EL PIE DERECHO”. Todos sin dudarlo nos pusimos a temblar no fuera que alguno de nosotros atravesara el umbral sin cumplir lo ordenado.

Cicerón, en sus discursos, nos ha dejado una descripción muy exacta de la sociedad romana. En ellos aparecen toda clase de personajes, algunos muy especiales. Él mismo había sido un advenedizo, es decir un hombre que sin ser patricio había conseguido llegar hasta los más altos grados de la política y de la sociedad. A pesar de todo, describe con cierto desprecio la casa de una persona, de un nuevo rico, que se ha enriquecido a costa de los demás, que se pavonea de lo que tiene y de los adornos de su casa, y que desprecia al resto de las personas. Se trata de Crisógono, un liberto que en tiempo de Sila se enriqueció por estar favorecido por él. En este discurso Cicerón le desenmascara y logra la absolución de su defendido en contra de Crisógono. (Cicerón, "Pro Roscio Amerino", XLVI, 133 - 135)

El otro te llevó a su casa desde el Palatino. Tiene un campo muy agradable en los suburbios. Además tiene otras muchas posesiones, pero todas demasiado espléndidas y cercanas; tiene su casa repleta de vasijas y jarrones de Corinto y de Delos. Entre ellos se podía apreciar una autepsa, que como sabéis es un tipo de jarrón muy apreciado. Cuando la compró en el mercado, hace poco, los que pasaban la oían anunciar en tanto dinero, que creían que estaban vendiendo toda una propiedad.

No os podéis hacer una idea, ni siquiera aproximada de la cantidad de objetos preciosos que tiene en su casa: platos de plata cincelada, tapices que cubren las paredes, cuadros y pinturas, estatuas, mármoles, etc.

Tiene tanto cuanto muchas familias de buena posición pudieron amontonar en una sola casa, cuando tuvieron la oportunidad de saquear. ¿Con qué apelativos puedo yo llamar a una familia que ha llegado a hacer tales cosas y a amontonar de esa manera tanta riqueza?

Paso por alto todas estas vulgaridades de cocineros, panaderos, mozos de litera; tiene a su disposición tantos hombres para satisfacer su espíritu y sus oídos que por toda la vecindad se extiende cada día el sonido de las flautas y de los cantantes, que prolongan la juerga durante toda la noche. No os podéis hacer ni idea, jueces, de los gastos que esta manera de vivir lleva consigo cada día, qué derroches. ¿Conocéis qué clase de banquetes había? Supongo que serían honestos, como corresponde a una tal casa, si se puede denominar casa o más bien un antro de maldad y guarida de todos los crímenes.

Las casas tenían calefacción. Todavía se ve en algunas de las ruinas romanas que tenemos en España cómo era el sistema. En nuestros pueblos de Castilla encontramos el mismo procedimiento, que llaman “gloria”. Se trata de calentar las habitaciones por debajo del pavimento por medio de la combustión de materiales inflamables, que puede ser desde paja a madera fina, y que por medio de galerías extiende el calor por toda la casa. Los romanos lo llamaban hipocausto”,(del griego upo kauso) (en la imagen) que no quiere decir otra cosa que “calor por debajo”. En los restos de algunas villas romanas se ve cómo por debajo de los mosaicos se extiende una red de galerías construidas con arcos de ladrillo y que partiendo de un horno, recorrían el subsuelo de toda la casa. Además en las termas, tubos huecos de cerámica que iban por las paredes contribuían a que el ambiente fuera más templado. Séneca nos lo describe en una de sus cartas. (Séneca, "Epistulae" 90, 25)

Immo non aliis excogitata ista sunt quam quibus hodieque curantur. Quaedam nostra demum prodisse memoria scimus, ut speculariorum usum perlucente testa clarum transmittentium lumen, ut suspensuras balneorum et inpressos parietibus tubos per quos circumfunderetur calor qui ima simul ac summa foveret aequaliter. 

Más aún: todas estas cosas han sido inventadas por otros distintas personas que las que nos gobiernan hoy días. Incluso sabemos que algunas  de esas cosas como que han nacido con nuestra memoria, como el uso de vidrios que transmiten una luz clara con su superficie brillante y pulida, o como las bóvedas de los baños y los tubos que van por dentro de las paredes por los que se difunde el calor de manera que calienta de igual modo las partes más bajas y las más altas.

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"QUANDO TU GAIUS, EGO GAIA"

LA MUJER Y EL MATRIMONIO

 

Quem enim Romanorum pudet uxorem ducere in convivium? Aut eius non mater familias primum locum tenet aedium atque in celebritate versatur? (Nepote, praef. 6)

¿Qué Romano se avergüenza de llevar a su esposa a un banquete? ¿O de quién es la madre de familia que no tiene el primer lugar de su casa y que no acude a los lugares concurridos?

Según estas palabras de Cornelio Nepote, la mujer romana no era del todo ajena a las actividades de su marido, y por eso mismo compartía ampliamente su dignidad y sus atribuciones.

Sus costumbres eran familiares y domésticas, apareciendo siempre como la compañera y la colaboradora de su marido. Al principio de su vida, la mujer no tenía una existencia y unas ocupaciones diferentes de las de los niños: las niñas y los niños asistían juntos a la casa del pedagogo. Al comienzo de la pubertad es cuando se le empezaba a diferenciar en cuanto a la educación. No dejaban por eso de seguir instruyéndose, pero para otro tipo de menesteres. Mientras el hombre se dedicaba a la vida pública, la mujer se dedicaba a la doméstica. Dirigía los trabajos de la casa, e incluso realizaba los más delicados. Era experta en bordar y en hilar lana. Un epitafio en la tumba de una domina romana dice: "Casta fuit, domum servavit, lanam fecit", que quiere decir: “Fue casta, cuidó de la casa, hiló la lana”. Virgilio nos hace la descripción de lo que era la auténtica matrona romana en estos versos de su Eneida; la compara con el dios Apolo y con la diligencia que éste tiene para llevar a cabo su tarea.

Inde, ubi prima quies medio iam noctis abactae

curriculo expulerat somnum, cum femina primum

cui tolerare colo vitam tenuisque Minerva

impositum, cinerem et sopitos suscitat ignes 

noctem addens operi famulasque ad lumina longo

exercet penso, castum ut servare cubile

coniugis et possit parvos educere natos

Entonces, cuando el primer descanso en la mitad de la noche pasada había ya expulsado el sueño, cuando la mujer, a quien se le ha encomendado como tarea para su vida la rueca y las labores femeninas, espabila las cenizas y los fuegos casi extinguidos, añadiendo el tiempo de la noche al trabajo, y hace trabajar a las sirvientas a la luz de la lámpara en el hilado de la lana, porque quiere conservar casto el lecho de su esposo y educar como conviene a sus queridos hijos, no de otra manera el dios Apolo se apresta a su tarea.

Claro que había excepciones, como es el caso de Sempronia, de la que Salustio nos deja un retrato esclarecedor. En la conjuración de Catilina habían participado algunas mujeres.

Entre éstas estaba Sempronia, que había cometido en muchas ocasiones fechorías con una audacia casi propia de un hombre. Esta mujer fue muy afortunada, porque era de una buena familia y muy guapa, y además había hecho un buen matrimonio y había tenido unos hijos excelentes. Estaba versada en cuestiones griegas y latinas; cantaba acompañada de la lira y bailaba con demasiada profesionalidad, más de lo que es conveniente a una mujer honrada. Hacía otro montón de actividades que ayudaban a la lujuria. Antes que pensar en el decoro y en el pudor estaba dispuesta a hacer cualquier cosa. No serías capaz de distinguir si su principal preocupación era el dinero o la fama. Era tan apasionada que era ella quien buscaba a los hombres sin esperar a ser solicitada por ellos.

Ya antes de la conjuración había traicionado su fidelidad, y había renunciado a su credibilidad. Había participado conscientemente en crímenes, y la lujuria y la falta de dinero habían precipitado su caída. Sin embargo también podemos decir cosas buenas de ella: tenía un gran sentido del humor y era ingeniosa, sabía hacer versos, contar chistes con gracia, hablar de manera modesta, o sutil, o procaz, según fuera conveniente a sus intereses; Tenía mucha gracia natural, soltura y belleza.

Columela también nos habla de su opinión sobre la mujer romana.

Entre los antiguos romanos el trabajo doméstico fue cometido de las matronas, y todas las mujeres se esforzaban con una hermosísima emulación de diligencia, deseando que los negocios del marido se volvieran más grandes y mejores precisamente por sus cuidados. Y así, los trabajos de granjeros y granjeras no eran grandes, porque los mismos amos administraba sus negocios a diario.

Ahora, por el contrario, muchas matronas, disipándose en el lujo y en la pereza, no se preocupan de hilar la lana, y desprecian los vestidos hechos en casa.

También las había coquetas, que se creían el centro de todo el mundo y de toda la sociedad. Marcial nos la describe de esta manera:

Bella es, novimus, et puella, verum est,

et dives, quis enim potest negare?

Sed cum te nimium, Fabulla, laudas,

nec dives, nec bella, nec puella es.

Eres guapa, nos damos cuenta de ello, y joven, es verdad, y también rica, esto no lo puede negar nadie. Pero cuando te pones pesada diciendo todo tipo de alabanzas, entonces, Fabula, no eres ni rica, ni guapa, ni joven.

 

EL MATRIMONIO

Cuando una mujer estaba en edad de casarse, eran los padres quienes tomaban la decisión. En el momento de su matrimonio ofrecía a los Lares sus muñecas y juguetes infantiles. El matrimonio hacía de la mujer una "mater familias", una persona respetable y respetada que gozaba de la confianza de su marido y de bastante libertad de movimientos. "Nuptiae sunt coniunctio maris et feminae et consortium omnis vitae, divini et humani iuris communicatio" (Digesto, XXXIII, 2, 1) (El matrimonio es la unión de un hombre y una mujer, que juntos en su vida corren la misma suerte y que comparten todo tipo de derecho humano y divino).

Al principio, el matrimonio legal, entendiéndolo como vínculo jurídico, con obligaciones y derechos, era exclusivo de los patricios. Los plebeyos consiguieron este derecho cuando fueron autorizados los matrimonios mixtos entre patricios y plebeyos por la "Lex Canuleia" (445 a. C.). La forma tradicional del matrimonio romano era la "conventio cum manu": la mujer pasaba de la familia paterna a la del esposo, y de la `patria potestas' de su padre a la `patria potestas' de su esposo.

Aunque el hombre se podía casar a los 14 años y la mujer a los 12, la realidad era que hasta no haber tomado la toga viril, el hombre no contraía matrimonio.

Este matrimonio tenía tres maneras de establecerse:

"Confarreatio"

que era el procedimiento patricio más antiguo y más solemne. Era una ceremonia religiosa que consistía en lo siguiente: los esposos dividían y ofrecían un pan de trigo ("panis farreus") en presencia del Gran Pontífice y de diez testigos.

"Coemptio"

era un matrimonio civil que se basaba en una compra venta, al principio real, luego ficticia, de la mujer por el padre y el marido.

"Usus"

Estaba establecido en la ley de las XII Tablas, y consistía en la convivencia de los esposos durante un año con el consentimiento de los padres.

En los dos primeros procedimientos, se celebraba la ceremonia nupcial.

La víspera, la novia, puesto que iba a dejar de ser niña, consagraba a los dioses sus juguetes infantiles y sus vestidos de niña. El día de la boda, la desposada se vestía de una manera especial, y se adornaba con una guirnalda de flores, se tomaban los auspicios, se ofrecían sacrificios, generalmente un cordero, y se concluía con el contrato del matrimonio: "tabulae nuptiales". Tenía que haber, por lo menos, diez testigos.

Al preguntar el esposo el nombre de la esposa, ésta respondía: "Ubi tu Gaius, ego Gaia", es decir: “Si tu te llamas Cayo, yo me llamo Caya”. (La expresión española tocayo, tocaya que indica que dos personas se llaman de la misma manera, tiene su origen en esta expresión de la boda romana)

Después del banquete de bodas, al atardecer tenía lugar la deductio: se fingía que se arrebataba a la novia de los brazos de su madre para llevarla a su nueva casa. Se solía ir en procesión, con música de flautas y gente con antorchas. Se invocaba a gritos al antiguo dios del matrimonio: Talassio. La recién casada iba en el centro acompañada de tres niños, y detrás de ella se llevaba el símbolo de la perfecta matrona romana: la rueca y el huso para hilar la lana. Tenía que ponerse bajo la protección de los Lares familiares, los dioses protectores del hogar, y para ello untaba con aceite las jambas y el umbral de la entrada.

La esposa no debía tropezar en el umbral, ya que sería un mal presagio comenzar la vida de casada con un tropezón: por eso se la levantaba al entrar en la nueva casa. En el atrium la recibía el esposo y le ofrecía el agua y el fuego ("aqua et igni accipere") como símbolo del culto doméstico. Al día siguiente, la esposa, con ropas de "mater familias" era admitida en el círculo de las matronas romanas.

Al final de la República había otra forma de matrimonio, el llamado "sine manu": la esposa seguía perteneciendo a su familia y conservaba todos sus derechos y deberes familiares. Su fundamento era la convivencia de los esposos mientras duraba su mutuo consentimiento.

Esta era una manera más laxa de entender el lazo jurídico, pero no por eso el divorcio dejaba de ser una práctica excepcional, aunque ciertas personas hacían del matrimonio algo parecido a un deporte, con sus continuas bodas y divorcios.

Los términos que se empleaban para referirse al matrimonio variaban, según fuera el hombre o la mujer quien lo hiciera: el hombre "ducebat uxorem", mientras que la mujer "nubebat cum marito"

Marcial, el epigramista, natural de Bilbilis Augusta (Calatayud, en la provincia de Zaragoza) escribe poemas cortos, pero con gran carga de sátira. En estos que siguen se ve cómo se empleaba el idioma en el asunto del matrimonio cuando se refería al hombre o a la mujer.

Uxorem quare locupletem ducere nolim

quaeritis? Uxori nubere nolo meae.

Inferior matrona suo sit, Prisce, marito;

non aliter fiunt femina virque pares.

Me preguntáis por qué no quiero casarme con una mujer exuberante. No quiero casarme con mi mujer. La matrona ha de ser inferior a su marido, porque si no, no están suficientemente igualadas las fuerzas de la mujer y del hombre

Nubere vis Prisco: non miror, Paula, sapisti.

Ducere te non vult Priscus: et ille sapit.

He oído que tú, Paula, quieres casarte con Prisco. No me sorprende, porque eres una chica inteligente. Pero Prisco no quiere casarse contigo. Él también es inteligente

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HOMO SAPIENS
LA EDUCACIÓN

Para conseguir el aprendizaje de los niños, los maestros utilizaban castigos corporales muy severos. Sin embargo, el trabajo que hacían en la escuela era muy semejante a un juego, de forma que a veces se llamaba a la escuela con el nombre de “ludus” (juego), en lugar de “schola”.

 

LOS HIJOS

Un "pater familias" tenía que reconocer a su hijo ("suscipere filium") cuando nacía, pero también tenía el derecho de abandonarle. Unos días más tarde, en el "dies lustricus" (`día de la purificación') se le daban los "tria nomina", y se le ponía alrededor del cuello la "bulla", un medallón, especie de amuleto, que llevará hasta que deje de ser niño y se vista con la "toga praetexta".

En los primeros tiempos, el padre se encargaba de la educación y de la formación moral del muchacho: le enseñaba a leer, a escribir, a contar, a ser él mismo y a salvaguardar sus intereses. 

Fedro, en una de sus fábulas nos cuenta este episodio referente a la educación de dos hijos, chico y chica.

Un padre tenía un hijo muy guapo, mientras que su hermana era de una fealdad extrema. Un día, mientras jugaban, los dos hermanos se miraron en un espejo que tenía su madre en el tocador. La reacción de cada uno fue diferente. Mientras el chico no cesaba de alabar su hermosura, la chica se enfadó muchísimo porque se dio cuenta de lo fea que era. Su hermano se burlaba de ella, pero cuanto más el otro se reía, ella se enfadaba más y se veía ofendida y agraviada.

La pobre muchacha acude corriendo a su padre para decirle que se sentía herida en su vanidad por su hermano, y que tenía mucha envidia de su hermosura. Ella pensaba que tenía que haber sido al revés, que la guapa debía haber sido ella, que en los hombres no tiene tanta importancia la hermosura.

El padre los recibió con todo su cariño, porque vio el problema que tenía su hija. Los abrazó a los dos, y los consoló con unas palabras, que tuvieron que sonar a la chica como música celestial..

“A partir de ahora quiero que los dos utilicéis cada día el espejo”.

Se volvió al hijo: “Tú, para que te des cuenta de que eres hermoso y no estropees tu belleza con malas acciones”.

A continuación se dirigió a su hija: “Tú, para que sepas corregir tu aspecto con tus buenas acciones”.

Poco a poco se introdujo la costumbre de enseñar a los niños por medio de preceptores, sobre todo griegos, y se fundaron escuelas. Los alumnos se llamaban “discipuli”, que es un vocablo derivado del verbo disco, que significa aprender. Una de las principales cosas que aprendían era la disciplina, que, como su mismo nombre indica, es todo lo que un muchacho necesita para aprender.

En la época clásica había tres etapas en la enseñanza:

"literator" o  "ludi magister"

La enseñanza del literator se puede equiparar a la enseñanza primaria. Se aprendían las letras, a leer y a escribir. Se recitaban textos de memoria, como la "Ley de las XII Tablas". Para contar utilizaban los dedos o el ábaco, ya que el sistema duodecimal que tenían los Romanos, hacía que el cálculo tuviera gran dificultad. Para conseguir el aprendizaje de los niños, los maestros utilizaban castigos corporales muy severos. Sin embargo, el trabajo que hacían en la escuela era muy semejante a un juego, de forma que a veces se llamaba a la escuela con el nombre de “ludus” (juego), en lugar de “schola”.

"grammaticus"

El  era el encargado de la enseñanza secundaria. Explicaba todas las disciplinas mediante un texto, que al principio era de los poetas griegos y que fue variando a lo largo de la historia: La "Odusia" de Livio Andrónico (traducción de la "Odisea" de Homero al Latín, en versos saturnios);  los "Origines" de Catón; la "Eneida" de Virgilio; la "Pharsalia" de Lucano. El procedimiento siempre era el mismo: se escogía un pasaje, que el alumno leía, aprendía de memoria, expresaba y glosaba. A continuación era el maestro quien, sirviéndose de dicho texto, hacía una explanación total y explicaba las cuestiones morales, religiosas, históricas, literarias, humanas, etc., que el texto le sugería: todo se enseñaba a partir de los textos.

"rethor"

La enseñanza del rethor era la enseñanza superior. En el momento en que el muchacho se dedicaba a estos estudios, dejaba de ser niño ("puer") para pasar a ser joven ("adulescens"). Vestía la "toga praetexta" y si quería seguir estudiando, aprendía elocuencia. Esta enseñanza se generalizó durante el siglo I a. C.

Los grandes hombres iban a completar estudios a Grecia, ya que los Romanos se habían dado cuenta de la procedencia de la sabiduría. Allá recibían enseñanzas procedentes de las distintas escuelas filosóficas griegas.

Marcial, a quien hemos citado anteriormente, tiene también sus versos satíricos contra los maestros de escuela, a quien llama de todo.

“¿Qué tenemos que ver contigo, maestro de escuela criminal, odioso para los chicos y las chicas? Todavía no han cantado los gallos rompiendo el silencio de la aurora, cuando tú ya atruenas el espacio con tu cruel griterío y con los golpes de vara. Metes más ruido que los bronces golpeando en los yunques cuando el artesano trata de colocar la estatua del abogado encima del caballo: Más suave grita el anfiteatro en los momentos de más emoción saludando al vencedor en la carrera. Los vecinos te rogamos que nos dejes dormir, aunque sea sólo un poco: velar es llevadero, pero velar demasiado no se puede soportar. Deja marchar a tus alumnos. ¿Quieres que te paguemos, charlatán, para que calles lo que te pagan por dar tu clase gritando?

De otra manera más tranquila aboga por las vacaciones escolares. Hay que dejar a los chicos y chicas que descansen. Sobre todo cuando los calores del verano incitan a todos a pasar el tiempo al aire libre. 

Las vacaciones deben comenzar con el signo de Leo, es decir, al comienzo del mes de julio, y durar hasta octubre También pide a los maestros que dejen descansar a las varas de avellano con que golpeaban en más de una ocasión a los alumnos menos aventajados, haciendo bueno aquello de que la letra con sangre entra: 

“Que descansen las varas tristes, que son como el cetro de los pedagogos, y que duerman hasta el día 15 de octubre”

Termina con un verso antológico:

“Aestate pueri, si valent, satis discunt”

Durante el verano lo importante es que los chicos tengan salud, que bastante aprenden haciendo deporte y actividades al aire libre.

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NOS BAÑAMOS, NOS DIVERTIMOS, CHARLAMOS

 

Tenían abundante agua.  A Roma llegaban desde fuentes, algunas muy lejanas, varios acueductos, que aportaban muchos miles de litros de agua. No sólo eran para las termas, ya que había fuentes en casi todas las esquinas para el uso doméstico, y para el uso de los bomberos, ya que los incendios eran bastante frecuentes.

 

LOS BAÑOS

Cada ocho días el Romano asistía a los baños ("balnea"). Generalmente toda la sociedad podía disfrutar de ellos, ya que el precio era módico, e, incluso, de vez en cuando se ofrecían baños gratuitos, si algún particular quería festejar algún acontecimiento o atraerse el favor popular.

Con el tiempo, las "thermae" llegaron a ser una especie de club en el que la función principal era el baño en sus distintas modalidades, pero que disponía, además, de jardines para el paseo y la conversación, aulas de discusión, bibliotecas, restaurantes, salas de juego,... Era un lugar de reunión social. Sus distintas dependencias estaban profusamente decoradas con estucos y mosaicos alusivos al agua, al baño y a los ejercicios físicos. Esto es lo que nos dice Séneca en la lectura de más abajo

Había salas donde el baño era de agua fría ("frigidarium") o tibia ("tepidarium"), pero también había salas de baño caliente ("caldarium") y de sauna ("sudatorium"). Además del baño existían salas de masaje, y al final se solían untar todo el cuerpo con aceites olorosos (“unguenta”). Los hombres y las mujeres tenían lugares separados y también lugares comunes dentro de las termas. 

Llegaron a ser tan frecuentes los baños, que no encontramos ciudad romana que no posea complejos termales. Pero incluso las personas ricas se los hacían construir en su propia casa. Un caso significativo es la "villa" romana llamada "Dels Mounts" en Altafulla (Tarragona), en la que se han encontrado tres complejos termales. De las termas públicas, las más famosas, grandes y lujosas, son las de Caracalla. Sorprende todavía su tamaño, y, por las descripciones que nos han quedado de ellas, la decoración no le iba en zaga a su grandeza.

Termas de Caracalla en Roma

Tenían abundante agua. A Roma llegaban desde fuentes, algunas muy lejanas, varios acueductos, que aportaban muchos miles de litros de agua. No sólo eran para las termas, ya que había fuentes en casi todas las esquinas para el uso doméstico, y para el uso de los bomberos, ya que los incendios eran bastante frecuentes. Nerón, después del incendio de Roma publicó un bando en el que se prohibía que los particulares acaparasen agua, ya que no había si se necesitaba para apagar un incendio, como ocurrió en el famoso “Incendio de Roma”.

Para poder tener agua caliente y sala de sauna, necesitaban un perfecto sistema de calentamiento del agua y de la distribución del agua caliente. El agua se calentaba en un horno de carbón o leña que servía tanto para calentar el agua necesaria para los baños como para templar el ambiente o calentarlo si se necesitaba. Por debajo de los pavimentos había cámaras por donde se extendía el aire caliente. Este sistema de calefacción, que todavía se usa en muchos pueblos de Castilla y que recibe el nombre de gloria, se llamaba en tiempos de los romanos hypocausis, es decir, calentamiento por debajo.

Este sistema de calefacción se hizo común tanto en las casas como en las "villae", o casas de campo, sobre todo, cuando la dominación romana se extendió a lugares, que, por estar situados muy al norte o en lugares montañosos, el clima era más frío que en el centro y sur de Italia. 

Vamos a conocer cómo eran los baños en la Roma antigua dirigidos por la sabia pluma de nuestro paisano, el cordobés Séneca, en la siguiente lectura, en que compara dos épocas y dos tipos de baños públicos.

SÉNECA COMPARA LOS BAÑOS ANTIGUOS CON LOS DE SU ÉPOCA "Epistulae", LXXXVI, 4 - 12

En esta carta a Lucilio, Séneca le explica cómo eran las termas en tiempos de Escipión el Africano, y al mismo tiempo hace una descripción de las termas contemporáneas. No en balde habían pasado más de dos siglos entre los dos tipos de construcciones. Tal como uno se puede imaginar viendo los restos que nos han quedado de las termas romanas antiguas, como las de Trajano o Caracalla, podemos hacernos una idea del lujo que derrochaban en su construcción y decoración. Por tanto no podemos decir que Séneca exagerara al describirlas como lo hace en esta carta.

“Llevaba unos días en la finca de Escipión el Africano, el vencedor de los Cartagineses en la batalla de Zama, que dio fin a la 2ª guerra Púnica. Me entretuve en contemplar todo su esplendor, que te voy a describir. La casa era grande, de piedra de sillería bien escuadrada, y tenía alrededor hasta un bosque rodeado por una tapia; también, levantadas por todas partes, se veían torres en todo el entorno delante del muro de la gran casa. Tenía una cisterna excavada por debajo de los edificios y de la zona verde de un tamaño tal que podía bastar para el uso hasta de un ejército entero. 

Me llamó la atención el contraste con el local destinado a los baños. Era pequeño, estrecho, oscuro, según la costumbre antigua: tenía que ser un local oscuro; si no, a nuestros antepasados no les parecía que era suficientemente caliente.

Se me ocurrió pensar en la gran diferencia de costumbres que existe entre las nuestras y las de la época de Escipión. Al compararlas me embargó una gran emoción. Sigue leyendo y comprenderás por qué. Aquél gran general, “horror de Cartago” a quien Roma debe el que sólo se la haya conquistado una vez, lavaba su cuerpo cansado de las labores del campo en este cuchitril. Pues ya sabes que se dedicaba a la agricultura, y él mismo labraba la tierra como fue la costumbre de nuestros antepasados. Aquél personaje estuvo bajo este techo tan sucio, este pavimento tan vil lo soportó: sin embargo ahora, ¿quién es capaz de aguantar lavarse en un sitio así?

A la gente las termas les parecen pobres y destartaladas si no brillan sus paredes con grandes y espléndidos espejos; pretenden que las paredes estén decoradas con mármoles de Alejandría y que tengan incrustaciones de piedras de Numidia; por todas partes ha de aparecer un trabajado y variado entretejido de barnices a modo de pintura; toda la cámara ha de estar recubierta de vidrio; nuestras piscinas tienen que tener una rica decoración en toda su extensión con piedras preciosas de Thasio. Ya sabes que son unas piedras muy costosas y muy raras de ver. Tal vez en algún templo. Y eso en unos lugares, como las piscinas, en las que dejamos todos los malos humores de nuestro cuerpo después de haber sudado mucho. Otro de los caprichos en la decoración es el que el agua se derrame encima de la gente desde jarrones de plata.

Hasta ahora no he hablado más que de las instalaciones de los plebeyos: ¿qué podré decir cuando tenga que comparar aquellos baños con los de los libertos? ¡Cuántas estatuas, cuántas columnas que no sostienen nada, sino que están puestas sólo como decoración, sólo para que la gente sepa lo ricos que son! ¡Cuánta agua cae ruidosamente como en cascada de escalón en escalón! Nos estamos acostumbrando a una serie de lujos y derroches y ya no nos conformamos con cualquier cosa. Necesitamos el estímulo de las piedras preciosas.

En este baño de Escipión apenas hay huecos en las paredes. Sólo unas pequeñas ventanas que están recortadas en el muro de piedra de manera que admiten la luz sin ningún problema ni protección. Los baños actuales tienen que tener grandes ventanales por los que pueda entrar la luz del sol durante todo el día; de esa forma, la gente hará dos cosas al mismo tiempo: bañarse y broncearse. También se podrán dedicar a otros placeres, como son el admirar el paisaje. Desde el sitio donde estén sentados, verán a la vez los campos y el mar. Según la gente, si no cumplen estos requisitos, son baños más propios de cucarachas que de personas.

Así todas aquellas construcciones que en el momento de su inauguración recibieron todos los plácemes y gran concurrencia de gente, ahora dan vergüenza, y se las ha llegado a catalogar como impropias de la modernidad; todos las rechazan como antiguallas cuando se inventan algún nuevo lugar adonde dirigirse para llenarse de placeres.

Antiguamente los baños públicos eran pocos y no tenían ninguna decoración: ¿por qué habría de decorarse un lugar en el que apenas costaba un real la entrada y que se dedicaba al uso necesario y no a la diversión? No se derramaba el agua por debajo ni corría siempre renovada como si saliera de una fuente caliente, ni creían que tenían que preocuparse por la transparencia de un agua que iban a ensuciar.

Pero, oh dioses, ¿cuánto ayudaría entrar en aquellos baños oscuros, decorados con estucos vulgares, si supieras que te había calentado el agua con su propia mano Catón, o Fabio Máximo, o alguno de los Cornelios cuando eran ediles? Pues estos nobilísimos ediles cumplían con su obligación de entrar en estos lugares que acogían al pueblo, y exigían limpieza y una temperatura del agua y del ambiente útil y saludable, no como la de ahora que es semejante a un incendio, de tal forma que parece la más apropiada para lavar vivo a un esclavo convicto de algún delito. Me parece que ya no se ve la diferencia entre un baño ardiente o caliente.

Ahora algunos achacan a Escipión que era un aldeano porque no había admitido en su habitación de agua caliente anchos espejos, porque no se cocía a la luz del día y esperaba que en el baño terminaría de hacer la digestión. ¡Oh hombre dañino y funesto! Él supo vivir. No se lavaba con agua colada, sino que a veces estaba turbia, e incluso casi fangosa si es que había llovido mucho. No le importaba demasiado con tal de que sirviera para lavarse, porque venía a los baños a limpiarse el sudor, no a perfumarse. 

¿Cuáles crees que han de ser la voces que se han de levantar ahora? Hay algunos que dicen: “No envidio a Escipión, porque si se lavaba así, es como si viviera en el destierro”?. Pues qué será si sabes que además, no se bañaban todos los días: según lo que nos han legado las antiguas costumbres de la ciudad, cada día se lavaban los brazos y las piernas, que se habían manchado y habían cogido mucha suciedad en el trabajo del campo; el baño completo lo hacían los días de mercado. Después de haber oído esto a alguien se le ocurrirá decir: “Me parece que eran unos guarros”. Pero, ¿a qué piensas que olían? Su olor era el propio de los soldados, de los trabajos del campo, de los hombres. Después de que se han conseguido unos baños limpios y espléndidos, la gente es más sucia.

Horacio Flaco tenía que describir a un persona desvergonzada y conocida en toda Roma por dedicarse demasiado a los placeres. ¿Qué dice de él? “Pastillus Bucillus está perfumado”. Sin embargo, ahora dirías de Bucillus: ciertamente, su olor es como el de un macho cabrío. Estaría en este momento en el lugar que ocupa Gargonio en el verso de Horacio, pues comparaba con Bucillus, diciendo de él que olía a macho cabrío. Para que te dure el perfume a lo largo de todo el día y no se desvanezca de tu cuerpo, tendrás que estar dándotelo continuamente; si no, es inútil que te lo des. ¿Qué me dices de los que se vanaglorian de este olor, como si fuera el suyo propio?

SÉNECA VIVE ENCIMA DE UNOS BAÑOS. DESCRIBE EL VOCERÍO Y LOS RUIDOS  "Epistulae ." LVI, 1-4

Ya hemos visto en algún otro episodio de este libro cómo se quejaba Marcial de las voces que daba un maestro que vivía en el bajo de su vivienda y no le dejaba pegar ojo por las noches. Séneca en otra carta a Lucilio se queja también del ruido que se produce en unas termas, encima de las que vive. Si pensamos que las termas eran unos lugares de esparcimiento y de diversión, no nos tiene que extrañar que fueran unos sitios ruidosos. Asistían a ellos todo tipo de personas, y se desarrollaban multitud de actividades. Como había mucha gente en ellos, los comerciantes y vendedores ambulantes esperaban sacar unos cuartos vendiendo su mercancía. Todo ello hacía que el lugar fuera ruidoso de verdad

 ¡Que me muera, si es que el silencio es tan necesario, como parece, para el que se dedica al estudio! ¡Tengo tantos ruidos a mi alrededor! Es que vivo encima mismo de unas termas.

Imagínate todo tipo de voces que pueden llevar a los oídos y a la mente a la exasperación: el ruido que meten los forzudos cuando entrenan y arrojan sus pesas de plomo de las manos al suelo; cuando se fatigan, o hacen que se fatigan, oigo sus gemidos; todas las veces que dejan salir con estrépito el aire retenido en sus pulmones, oigo todos sus silbidos y sus respiraciones. También hay personas que sólo quieren la unción plebeya, y dirás que eso no mete ruido. Pues te equivocas, porque oigo el chasquido de la mano al golpear sobre los hombros, y noto, por la diferencia de sonido, cuándo el masajista da los golpes con la mano plana o ahuecada. Pero si el que viene es un jugador de pelota y se pone a contar cómo hizo sus tantos, se acabó.

Añade a todos estos ruidos el del que busca jaleo, el del ladrón que es cogido con las manos en la masa, el del que encuentra su voz agradable al bañarse y canta a voz en grito. Añade también los ruidos de los que se tiran a la piscina de un salto, con el consiguiente estrépito del agua que se sale con el golpe. Además la algarabía de la gente cuyas voces, por lo menos, son normales. Pero piensa en el débil depilador y su voz estridente para hacerse notar, que habla continuamente y que no calla en ningún momento, a no ser mientras depila a algún otro la axilas y entonces el que grita por él es el otro. También oirías las diferentes exclamaciones del vendedor de bebidas, del salchichero, del vendedor de golosinas y a todos los vendedores de cosas de comer que pregonan su mercancía cada uno con su propia y adecuada manera. 

¡"Oh, tú," dirás, "hombre de hierro o sordo, a quien no hacen mella en su espíritu tantos griteríos tan diferentes y tan estridentes, y sin embargo a Crysipo, nuestro amigo, el simple saludo diario le conduce a la muerte"!. Pero, por Hércules, yo oigo todo este lamento no de otra manera que como quien oye llover o el oleaje del mar, aunque he oído a ciertas personas que ésta ha sido suficiente causa para mudarse de ciudad: el no poder soportar un estrépito semejante al de las cataratas del Nilo.

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IMPERIUM
LOS PODERES PÚBLICOS

 

SENATUS POPULUSQUE ROMANUS

Lo llamó República. Esta palabra procede del término latino res, que significa cosa, y del adjetivo, también latino publica, que significa lo mismo que en Español, y que tiene la misma raíz que el sustantivo populus, pueblo. Por tanto las dos palabras juntas expresan la idea de que el estado es algo de todos los que viven en su territorio, y por tanto, su gobierno también es tarea de todos.

 

MAGISTRATURAS Y SENADO

Cuando en el año 244 de la Fundación de Roma, que corresponde al 509 a. C., el primer Bruto expulsó a los reyes de Roma, los Tarquinio, y proclamó la República, lanzó un juramento que todos los romanos hicieron con él: Lucrecia, la esposa de su mejor amigo había sido violada por Sexto, el hijo del Rey. Ella no pudo soportar la humillación de tal acto y, como ejemplo para todas las demás mujeres, se suicidó. Bruto sacó del pecho de Lucrecia el cuchillo que rezumaba sangre, y lanzó el siguiente juramento:

“Juro solemnemente por esta sangre castísima, y ante una tal injuria, que además ha sido cometida por una persona de estirpe real, y a vosotros, dioses, os pongo por testigos, de que yo, Lucio Junio Bruto voy a perseguir al rey Tarquinio el Soberbio, a su criminal mujer y a su descendencia con todas las fuerzas de que soy capaz, y no voy a consentir que ni ellos ni nadie, en adelante, gobierne en Roma con el título de rey”

Pretendía sobre todo que los Romanos no fueran gobernados de la manera como lo habían hecho los Tarquinio, es decir, de una manera despótica y tiránica, aprovechándose de su poder en beneficio personal. Por eso, concibió un sistema de gobierno que no tuviera los inconvenientes de la monarquía y sí todas sus ventajas. Lo llamó República (esta palabra procede del término latino res, que significa cosa, y del adjetivo, también latino publica, que significa igual que en Español, y que tiene la misma raíz que el sustantivo populus, pueblo. Por tanto las dos palabras juntas expresan la idea de que el estado es algo de todos los que viven en su territorio, y por tanto, su gobierno también es tarea de todos) y sus gobernantes tendrían las siguientes características:

Para evitar que hubiera un gobernante único que podía llegar a ser despótico, los primeros magistrados de Roma serían dos: los CÓNSULES. Así, si uno no lo hacía bien, tenían al otro como contrapeso, ya que podía interponer el veto. De la misma manera, todas las demás magistraturas iban a ser colegiadas, es decir, que iba a haber más de uno con la misma misión

Para evitar que su mandato fuera heredado de su padre, ya que tal vez la persona que heredaba el gobierno no era la más apropiada para gobernar, decidió que los cónsules y demás gobernantes fueran elegidos por la gente de Roma

Para evitar que su mandato se hiciera vitalicio, y que con todo el tiempo por delante pudiera convertirse en tirano, los cónsules y otros magistrados serían elegidos todos los años. Si se ponían de acuerdo, y los dos lo hacían mal, sólo sería durante un año, y el mal no sería tan grave

Por tanto, los gobernantes de Roma durante el período de la República tenían esas tres características: 

Colegialidad

porque eran dos colegas que gobernaban conjuntamente

Elegibilidad

porque eran elegidos por el pueblo reunidos en asambleas

Anualidad

porque eran elegidos todos los años

Los magistrados en la Roma antigua tenían no sólo los poderes políticos, sino también los religiosos, cada uno según su rango. 

Poderes políticos

Potestas

poder administrativo. Lo tenían todos los magistrados

Imperium

mando militar y derecho de vida o muerte: lo ostentaban sólo los magistrados superiores (cónsul y pretor) y el dictador

Poderes religiosos

Ius auspiciorum

derecho a tomar los auspicios, es decir, a consultar a los dioses sobre su voluntad, ante un acontecimiento determinado, que era común a todos los magistrados

Ius auspiciorum maiorum

tomar los auspicios en todas partes y en todas las circunstancias; sólo propio de los magistrados superiores

Ius auspiciorum minorum

tomar los auspicios sólo en Roma; lo tenían los magistrados inferiores

 

EL "CURSUS HONORUM"

Para llegar a ser cónsul, que era la suprema magistratura, había que comenzar la "carrera de los honores" por la magistratura menos importante, y seguir el orden sin saltarse ninguna. Cada magistratura tenía su edad mínima en que podía desempeñarse. Después de los hermanos Graco esa edad se aumentó (2ª mitad del siglo II a. C.). Una misma persona no podía desempeñar estos cargos simultáneamente. Tampoco podían volver a ser elegidos para el mismo cargo antes de pasar diez años.

1.-  QUAESTORES

No se podía ser elegido para este cargo antes de los 28 años; después de los Graco, no antes de los 31. En tiempos de César eran 20. Eran los encargados de la hacienda pública

2.- EDILES

Al principio tenían que tener un mínimo de 31 años. Después de los Graco la edad se elevará a los 37 Eran dos curules (elegidos entre los patricios) y dos plebeyos. Se ocupaban de la administración municipal

3.- PRAETORES

Edad mínima, 34 años. Después de los Graco, 40

`Praetor urbanus'; `Praetor peregrinus'. Eran los magistrados encargados de impartir justicia entre los ciudadanos (`urbanus'), y entre los extranjeros (`peregrinus'). Aunque al principio eran sólo dos, las necesidades hicieron que su número aumentase. En tiempos de César fueron 16.

"De minimis non curat praetor": `El pretor no se preocupa de minucias'. Este aforismo o refrán se refiere a la categoría que tenían los pretores: eran magistrados superiores que se dedicaban a administrar la justicia, pero para casos importantes. Que no les vinieran con cosas de poca monta, que podrían dirimir ellos mismos.

4.- CONSULES

Edad mínima, 37 años. Después de los Graco, 43. Eran dos. Era la primera magistratura de la Roma republicana: convocaban y presidían el Senado y los comicios. Eran los generales en jefe de las tropas y gobernaban Roma. Daban su nombre al año de su gobierno

Cada cinco años se elegían dos CENSORES entre los antiguos cónsules, que durante 18 meses hacían el censo, reclutaban a los senadores y vigilaban las costumbres. Antes de dimitir celebraban la purificación quinquenal: el LUSTRUM.

LECTURAS

LOS MAGISTRADOS ENCARNAN LA LEY Cicerón. "De legibus", III, I

La fuerza de los magistrados, según veis es ésta, a saber, estar al frente de cualquier situación, prescribir lo que es recto, lo que es útil y lo que está de acuerdo con las leyes. De la misma manera que las leyes están por encima de los magistrados, así ellos están por encima del pueblo. Se puede decir con toda verdad que el magistrado es la ley parlante, y que la ley es el magistrado mudo

ATRIBUCIONES DE LOS DISTINTOS MAGISTRADOS Cicerón. "De legibus" III, 3-4

Sean los EDILES los encargados de la ciudad, de los víveres, de los juegos solemnes; éste será el primer paso para ellos, si quieren subir grados en la carrera de los honores. Los CENSORES anoten en el censo la edad de las personas, sus hijos, su servidumbre, su dinero; velen por los templos de la ciudad, por los comicios, por las conducciones de agua, por el tesoro público y los impuestos; distribuyan el conjunto del pueblo en tribus; distribuyan a todas las personas de toda edad, clase y condición; repartan a los jóvenes en aptos para ser soldados, unos de infantería y otros de caballería; prohíban que haya solteros; rijan las costumbres del pueblo; no permitan que los indeseables formen parte del senado. Los Censores serán dos, y desempeñarán la magistratura durante cinco años.

Los demás magistrados sólo durarán un año, y así será siempre.

El PRETOR ha de ser el juez y administrador de la justicia, y juzgará los asuntos privados o mandará que se denuncien. Será el guardián del derecho civil; su número será el que decrete el senado y ordene el pueblo, y todos tendrán el mismo poder. Sólo dos personas tendrán el mando supremo: son los que están por delante de todos, y por eso se les ha de llamar PRETORES (de "prae-eo" que significa ir por delante); son los que juzgan, y por eso se les ha de llamar IUDICES; son los que toman decisiones ("consilia"), y por eso se les ha de llamar CONSULES. En campaña tendrán el mando  supremo y no estarán sometidos a nadie. Deben tener como suprema ley la salvación del pueblo. Nadie podrá ser cónsul de nuevo si no hay un intervalo de diez años. Mantendrán la edad para ser cónsul de acuerdo con la ley.

Pero en el momento en que haya una guerra grave o discordia entre ciudadanos, uno solo, y no por más de seis meses, si lo ordena el senado, tendrá el mismo poder que los dos cónsules, y será el MAGISTER POPULI. Tendrá a un ayudante que esté al frente de la caballería: MAGISTER EQUITUM.

Los que la plebe nombre para su defensa contra la violencia, y para su protección, en número de diez serán los TRIBUNOS. Lo que éstos impidan y lo que hayan propuesto a la plebe será respetado; los tribunos serán inviolables: nunca estará la plebe sin tribunos. Los tribunos tendrán el derecho de convocar al pueblo, y los cónsules, los pretores, el dictador y el maestre de la caballería, a los patricios. También los tribunos tendrán el derecho de convocar a los patricios.

En el año 494 a. C., es decir, apenas 15 años después de proclamada la República, los plebeyos se dieron cuentas de que no tenían derechos ni religiosos, ni civiles ni políticos, mientras que tenían que defender los privilegios de los patricios. Por eso, aprovechando la oportunidad de la guerra contra los Volscos, en la que no tenían nada que ganar, se retiraron juntamente con el ejército al Monte Sagrado. A los patricios se les cayó el mundo encima, ya que veían que llevaban las de perder, y por eso negociaron con los plebeyos. Éstos accedieron a trabajar junto con los patricios por la construcción de la República, a cambio de que se les permitiera tener unos magistrados genuinamente plebeyos que defendieran sus derechos, incluso vetando las decisiones de los demás magistrados.

Estos magistrados plebeyos son los TRIBUNOS DE LA PLEBE, que defendían a los plebeyos y tenían dos prerrogativas fundamentales: el VETO a todas las decisiones de los demás magistrados, incluso los cónsules, cuando éstas vulneraban alguno de los derechos reconocidos de los plebeyos; la INVIOLABILIDAD, que los hacía sagrados de tal forma que si alguno los atacaba se consideraba que había cometido sacrilegio. Gracias a esta magistratura los plebeyos fueron adquiriendo poco a poco los mismos derechos civiles, políticos y religiosos que los patricios.

EL SENADO

Representaba la autoridad permanente en Roma, y por tanto era el auténtico órgano real de gobierno.

Al principio sólo eran senadores los patricios, pero al haber magistrados plebeyos, éstos entraron en el senado a partir del comienzo del siglo IV a. C. La expresión que denominaba a los senadores era al principio la de `Patres et conscripti', es decir, los Patricios y los que habían sido inscritos por haber desempeñado una magistratura a pesar de ser plebeyos. Más tarde se suprimió la conjunción y quedó la fórmula `Patres conscripti'. Hay quien traduce esta expresión como “Padres conscriptos”. Tal vez sea mejor decir “Senadores” simplemente. 

Los censores nombraban a los senadores cada cinco años, según la "Lex Ovinia". Solían ser los magistrados de los años anteriores menos los que se habían distinguido por la indignidad de sus costumbres.

El número de senadores aumentó de 300 que eran al principio, hasta 1000 en tiempos de los triunviros en el siglo I a. C. (En la imagen Cicerón descubre al Senado la Conjuración de Catilina)

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El SENADO era el "publicum consilium populi Romani" (órgano consultivo). En materia legislativa, tenía la "auctoritas" para sancionar las leyes; velaba por la pureza de la religión nacional; gestionaba la hacienda pública; dirigía la política exterior; reclutaba los ejércitos; gobernaba las provincias; se preocupaba por la salud pública. Es decir, que tenían en la práctica todas las atribuciones que puede desear un gobernante. 

Los senadores se vestían con la `tunica laticlavia' o sea, una túnica que tenía una franja ancha en el borde, y los `calcei patricii' o `senatorii', unos zapatos que los distinguían. En los espectáculos tenían reservado el `locus senatorius'. No se podían dedicar a trabajos más o menos serviles, como la industria o el comercio.

Una sesión del senado comenzaba con el día, en un lugar previamente "inaugurado" (la curia Hostilia, (en la imagen) o algún templo). La inauguratio consistía en preguntar a los dioses sobre su voluntad respecto a ese día y a ese lugar, por medio de los auspicios. Las sesiones no eran públicas.

Estaba presidido por el senador que lo había convocado, y duraba hasta la puesta del sol. El presidente tomaba los auspicios y leía el orden del día (`relatio'). Los senadores intervenían según su orden en la lista (`album') y daban su opinión. En el momento de votar se agrupaban junto al senador con cuya opinión estaban de acuerdo (`ire pedibus in sententiam alicuius'), y el resultado era un “senatus consultum”.

"`senatus consultum' est quod senatus iubet atque constituit, idque legis vicem optinet quanvis fuerit quaesitum" (Gaius, "Institutiones", I, 4)

Un senadoconsulto (decreto del senado) es lo que el senado manda y decide, y esto obtiene la consideración de ley, aunque fuera algo raro 

En momentos de particular peligro, el senado emitía el "senatus consultum ultimum" una decisión que suspendía algunos derechos constitucionales y que daba plenos poderes a los cónsules. La fórmula era la siguiente: 

"videant (caveant, dent operam) consules ne quid res publica detrimenti capiat"

que los cónsules se preocupen de que la república no sufra ningún daño

Con motivo de la "Conjuración de Catilina" (62 a. C.) se tomó esta decisión, y Salustio nos lo dice así ("De coniuratione Catilinae", XXIX, 2):

"Itaque quod plerumque in atroci negotio solet, senatus decrevit darent operam consules ne quid res publica detrimenti caperet"

Y así, como suele ocurrir en los momentos y en las situaciones importantes y decisivas, el senado decretó que los cónsules pusieran todo su empeño en que la república no sufriera ningún daño

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