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9.- LA VIDA DIARIA |
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Todos los libros de historia nos cuentan lo que hacían los Romanos a lo largo del día: que si iban a las termas, que si empezaban a cenar a una hora sin saber a qué hora iban a terminar, y otras ocupaciones por el estilo. Sin embargo, esas costumbres las tenían los ciudadanos ricos, que eran los más cultos, que sabían escribir, y nos han dejado escrito cómo pasaban el día. Pero éstos eran muy pocos en comparación con la gran mayoría que no tenía otra cosa que hacer que trabajar de sol a sol, sin poder ir a las termas, sin poder dedicar mucho tiempo a la cena porque no tenía con qué. Bien es verdad que había mucha gente ociosa, que no hacía nada y que se beneficiaba de los repartos gratuitos de trigo que regalaba el gobierno, y de la asistencia, también gratuita, a los espectáculos públicos. De ahí la frase "panem et circenses", o sea, alimento y diversión. Esto se hacía con el fin de que los que no tenían nada que hacer, estuvieran ocupados y no organizaran altercados de orden público. Todos los habitantes de Roma se levantaban con el sol, a la hora I. Había que aprovechar la luz natural, ya que la artificial era mala, cara y maloliente: se quemaba aceite o sebo, que además de producir mal olor manchaba las paredes con un humo negro. El desayuno ("ientaculum") solía ser frugal: algunos frutos secos, fruta del tiempo, queso; a continuación, cada uno acudía a sus ocupaciones. Un paterfamilias acomodado solía recibir la visita de sus "clientes", que venían a desearle buen día y a ponerse a su disposición a cambio de algunas monedas o provisiones para pasar el día. Luego, iba al foro o al senado hasta la hora V, en que se tomaba un respiro y un tentempié ("prandium") e iba a las termas a hacer las relaciones sociales propias de esos lugares. A la hora VI descansaba por ser la mitad del día. Nuestra "siesta" procede de esa costumbre de romper la rutina para descansar. Volvían a sus ocupaciones habituales hasta la hora IX o X, en que comenzaba la cena, y así estaban preparados para meterse al lecho con el crepúsculo. Normalmente no se trasnochaba. Las calles de Roma eran peligrosas por lo oscuras y por lo estrechas. En cualquier lugar, al abrigo de la oscuridad, podía cualquiera clavar un puñal a otra persona. Puñal se dice "sica", y los que lo usaban para asesinar a otros, "sicarios". Éstos se alquilaban a quienes querían quitar de en medio a otros. Por eso, los que tenían que salir de noche se hacían acompañar de varios esclavos armados y con antorchas para prevenir cualquier encuentro. La "cena" era la principal comida del día. Constaba de entrantes ("gustatio"), la "prima mensa" que se componía de varios platos ("prima, secunda, tertia cena") y los postres, que se llamaba "secunda mensa". Para empezar tomaban frutos secos, olivas, verduras, dátiles, queso y huevos preparados de diferentes maneras. Seguían distintos platos de pescado y carne, y por fin, la fruta, dulces, etc. "Ab ovo usque ad mala" que significa "desde el huevo hasta las manzanas" quiere decir que algo se realiza de principio a fin: desde los entremeses hasta la fruta. Cuando se quería agasajar a alguien se le invitaba a cenar. Se le ofrecía el lugar más distinguido en el "triclinio" (comedor) y se le presentaba el "mulsum", que era un vino de bienvenida mezclado con agua y miel. Los platos podían ser presentados de muy diferentes maneras, algunas artísticas, sobre todo si se trataba de platos exóticos. Petronio cuenta cómo en la cena de Trimalción, un liberto enriquecido, u hábil cocinero presentó un ganso engordado rodeado de peces y pájaros, pero todo ello era carne de cerdo. Macrobio habla de animales cocidos rellenos de otros animales, incluso algunos de ellos vivos, como el jabalí de Trimalción, relleno de tordos vivos que salieron volando en cuanto se rajó la carne. Pero esto no era lo normal. Lo que sí que lo era se llamaba "garum", que era una especie de salsa-condimento que acompañaba a todos los platos. Tenía un sabor muy fuerte. Se hacía con pescado al que se le echaba sal y se dejaba que se descompusiese. Después se trituraba convirtiéndolo en un líquido espeso. Era una salsa muy apreciada, objeto de comercio y de exportación. Marcial le dedicó estos epigramas:
Se cuentan historias sobre la cena de los Romanos en que, para prolongar el placer de la comida, se tocaban con una pluma la úvula (campanilla) que está al fondo de la garganta, devolvían lo comido y comenzaban a comer otra vez. Pero, aunque esto lo hicieran algunos, no se puede decir que fuera habitual. Más lo era prolongar la sobremesa ("comissatio"), con tertulias sobre los temas más diversos, incluso con algún espectáculo circense o musical, mientras picaban algunos pinchos acompañados de bebidas, frías o calientes. Los anfitriones solían mostrar a sus invitados las últimas adquisiciones que habían hecho, tanto de mobiliario como de personal, generalmente esclavos. Si eran deformes o tenían alguna habilidad formaban parte del espectáculo de la sobremesa. Eran muy apreciadas las "puellae gaditanae" (las muchachas de Gades <Cádiz>) como bailarinas. No quiere decir que todas fueran de Cádiz, pero se las denominaba así.
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Todos hemos oído expresiones tales como "los idus de marzo", "las kalendas", "las vísperas", "la vigilia"... ¿Cuál es su origen? Pues ni más ni menos que la manera de contar el tiempo que tenían los antiguos romanos. La salida del sol ("solis ortus") marcaba el comienzo del día y era la hora prima. La puesta del sol ("solis occasus") indicaba el final del día ("dies") y el comienzo de la noche ("nox"). Era el final de la hora duodécima y el comienzo de la “vigilia prima” Porque el día se dividía en 12 horas y la noche en cuatro vigilias. Como por la noche, generalmente, sólo estaban despiertos los soldados que hacían su guardia, se dividía todo el tiempo nocturno según los turnos de vigilancia, que eran cuatro. Ni que decir tiene que tanto las horas como las vigilias tenían una duración variable, porque el sol sale cada vez antes a medida que nos acercamos al verano y se pone más tarde. De cara al invierno es al revés. Sólo había dos momentos invariables: la hora VI, es decir, el mediodía, y el comienzo de la III vigilia, es decir, la media noche. Las horas tenían una duración de 60 minutos, como las nuestras, sólo en dos ocasiones al año: Los equinoccios (de aequus = igual, y nox, noctis = noche) que coinciden con el comienzo de la primavera (21 de marzo) y del otoño (21 de septiembre). Esos días cada una de las vigilias duraba tres horas de las actuales. ¿Cómo medían el tiempo los Romanos? Pues muy mal, con mucha inexactitud. De lo único de que podían estar seguros era del momento de la salida del sol, del mediodía y del ocaso. Todas las demás horas tenían, forzosamente, que referirse a ellas; pero además, con las expresiones de "alrededor de...", "más o menos...", "cerca de...". Tampoco tenía tanta importancia la exactitud en la medida del tiempo, porque no había records que batir, ni centésimas de segundo que medir. Para los Romanos era totalmente inconcebible el concepto de segundo, y mucho más el de décima o centésima de segundo. La palabra latina "momentum" puede significar los que entendemos nosotros por un rato pequeño. Si se necesita precisar, es decir, que el momento, el rato, era todavía más pequeño, se decía "punctum temporis", o sea, un punto del tiempo. A pesar de todo, sí que había procedimientos para medir el tiempo de una manera aproximada.
Había otros métodos: una cuerda encerada, con nudos cada cierto espacio, a la que se prendía fuego; la sombra que producía una pantalla a la luz de una vela sobre una escala graduada; el descenso del aceite de una lámpara a medida que se va quemando, etc. Aunque los griegos habían inventado las ruedas dentadas, no conocemos los sistemas motrices. Hasta finales del siglo X y principios del XI no se inventaría el reloj mecánico, que independiza el tiempo de los cambios astronómicos y lo regulariza. Dicho invento se atribuye al monje Gerberto, que fue Papa con el nombre de Silvestre II. Si el sol era el responsable del día y de la noche, del mes lo era la luna. Cada una de las vueltas de la luna era un mes, y doce vueltas, doce meses, poco más o menos el año solar: los meses lunares son de 29 días y medio, lo que hace un total de 354. Cada año se producía un retraso de 11 días en las estaciones y en el año solar. Por eso Numa Pompilio, el segundo rey de Roma, que, según la tradición fue el inventor de este calendario, mandó añadir, cada dos años un mes de 22 días ("mensis intercalarius") para que no se desfasase el año lunar con respecto al año solar. Al principio el año comenzaba en marzo (martius), mes dedicado al dios Marte. Le seguía abril (aprilis), el "mes en que la naturaleza se abre"; mayo (maius), dedicado a la diosa Maya, según unos, o a Júpiter bajo el sobrenombre de Maius, según otros. El cuarto mes estaba dedicado a la diosa Juno, junio (iunius) y los seis meses siguientes eran, según los números, quintilis, sextilis, september, october, november y december. Enero (ianuarius) estaba consagrado al dios Jano, y febrero (februarius), el último mes, el dedicado a las purificaciones. Al morir Julio César dieron su nombre al mes quintilis, y lo llamaron iulius (julio). Augusto (Augustus) dio su nombre al mes sextilis (agosto) para no ser menos que su antecesor.
En el año 48 a. C. (713 a. V. c.) Julio César estableció el calendario Juliano, que, manteniendo la estructura de los 12 meses, les dio un número suficiente de días para que coincidiera con los 365 días del año astronómico, añadiendo un día en febrero cada cuatro años. El número de días de cada mes eran los que indica el dicho popular:
Cuando los meses eran lunares el día de la luna llena era el día de los Idus, que caía, más o menos hacia la mitad del mes. Las Kalendas era el día 1º de cada mes, cuando se celebraban los "comitia calata" que eran unas reuniones convocadas por los sacerdotes para establecer los días fastos y nefastos; y como tercera fecha mensual estaban las Nonas, o noveno día antes de los Idus. Las Kalendas eran todos los meses el día 1 del mes; los Idus variaban: era el día 13, excepto en los meses de marzo, mayo, julio y octubre:
Desde las Nonas hasta los Idus siempre hay 8: sumados al 5 o al 7 de las Nonas, nos dan el día 13 o el 15 para los Idus". Nosotros al contar los días de cada mes, nos referimos siempre a una fecha pasada: el día 1º del mes. "Estamos a 23 de marzo" quiere decir que han pasado 23 días desde que comenzó marzo el día 1º. Sin embargo los Romanos se referían a una fecha futura: las Kalendas (el día 1); las Nonas (el día 5 o el 7); los Idus (el día 13 o el día 15). Cada una de estas fechas era el día de las Kalendas, de las Nonas o de los Idus de tal mes. La víspera era el "pridie" y la antevíspera, el día III antes de las Kalendas, las Nonas o los Idus. La fecha de referencia para los días del 2 al 5 o 7 de cada mes eran las Nonas; del 6 o el 8 hasta el 13 0 el 15, los Idus; desde el 14 o el 16 hasta el final del mes, las Kalendas del mes siguiente. Vamos a poner como ejemplo el mes de febrero.
Dies comitalis: Los ciudadanos pueden votar en causas políticas o criminales Dies fastus: Está permitida toda acción legal. Dies nefastus: No puede llevarse a efecto ninguna acción legal o pública por medio de una votación. Endotercisus: Dies fastus por la mañana y dies comitalis por la tarde. Nefastus publicus : Se celebran fiestas religiosas públicas. Nundinae: Se hacen transacciones comerciales y se comparte la charla en el Foro romano. Es el día señalado con una letra determinada de la A a la H que es distinta para cada año. Todos los días que están señalados con esa letra son el día de las nundinae. (Cfr.: http://www.novaroma.org/calendar) Cada cuatro años se añadía un día al mes de febrero, y ese día era: "ante diem VI bis Kalendas Martias", es decir, el día 6º antes de las Kalendas de Marzo repetido '(De "sextum bis" o "bis sextum" procede nuestra palabra "bisiesto", referida a los años en que febrero tiene 29 días). El calendario Juliano es el que tenemos hoy día, con las correcciones que en el siglo XVI hizo el papa Gregorio XIII. En dicho siglo había un desfase de 11 días con respecto al año astronómico, porque se añadía un día cada 4 años, sin tener en cuenta nada más, lo que era excesivo. A partir del calendario Gregoriano, no serán bisiestos los años que terminen en dos ceros, excepto los múltiplos de 400, que sí lo serán (1600 y 2000). Este calendario fue siendo adoptado paulatinamente por los distintos Estados. Inglaterra no lo hizo hasta el siglo XVIII, mientras que España lo había hecho el mismo siglo XVI. Debido a esta diferencia de fechas, los dos grandes genios de la literatura universal, Cervantes y Shakespeare, murieron en la misma fecha, pero en distinto día: la fecha fue el 23 de abril de 1616, aunque el día real de la muerte de Shakespeare según el calendario gregoriano fue el 3 de mayo. De la palabra "Kalendas" viene nuestra palabra "calendario". Los "Idus de marzo" son famosos porque ese día del año 44 a. C. (709 a. V. c.) fue asesinado Julio César. La expresión "ad Kalendas graecas" quiere decir "nunca", porque los griegos no contaban el tiempo de la misma manera.
Cada nueve días había mercado en Roma ("nundinae") y se consideraba día de fiesta en todas las actividades. La semana de 7 días, con uno de descanso, tiene su origen en la Biblia: describe la creación realizada por Dios en seis días, y al séptimo descansó.
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En la cuestión de las comidas los Romanos eran como los europeos de ahora. Hacían tres comidas al día, pero la principal era al final del día, no como nosotros, los españoles, que hacemos la comida más importante al mediodía.
Se usaba el triclinio, pero no sólo se comía, sino que al final, después de cenar, con ocasión de la "comissatio": un “magister bibendi” (lo que hoy día es el sumiller o sea el experto y el encargado de los vinos) o “rex convivii” (que es lo mismo que un maître en los restaurantes modernos) se encargaba, como maestro de ceremonias de mezclar el vino y de animar a los invitados a beber y a divertirse. Se prolongaba la velada: se bebía, se charlaba, se oía música, y, si el anfitrión se lo podía permitir, se asistía a auténticos espectáculos de mimo, danza, actividades circenses, e, incluso, peleas de gladiadores. La cena propiamente dicha solía consistir en tres partes: 1. "Gustatio" o entrada: entremeses que servían de aperitivo: huevos, ensalada, verduras, aceitunas, puerros, espárragos, champiñones, ostras, pescado salado, patés,... Ha quedado el refrán “ab ovo usque ad mala”, que quiere decir “desde el huevo hasta las manzanas”; teniendo en cuenta que el huevo era habitual en el comienzo de la cena, y las manzanas al final, este refrán significa el nuestro “de cabo a rabo” o “de principio a fin” 2. "Cena" propiamente dicha o prima mensa: Era el momento más importante de la cena, la parte central de la cena. Consistía en varios platos denominados "prima, secunda, tertia cena". Comían pescado (morenas, doradas, barbos,) y carne (sobre todo la de cerdo: jamones, pierna, etc.; pero también cordero, pato, pollo, liebre, etc.). Estas comidas estaban condimentadas con hierbas de sabores fuertes: canela, orégano, perejil. También comían pan.
Plinio en su libro Naturalis historia (XXXI, 93 ss.) nos lo describe de esta manera:
Era una salsa muy apreciada, objeto de comercio y de exportación. Marcial le dedicó estos epigramas:
3. “Secunda mensa”, o postres, que generalmente consistían en fruta, pastelería, confituras e incluso helado. En algunas ocasiones se presentaban en la cena platos excepcionales, raros y sorprendentes, como se verá más adelante en la narración de la Cena de Trimalción contada por Petronio. Como comían echados sobre el brazo izquierdo, apoyándolo sobre un cojín, los manjares eran ofrecidos ya partidos y, generalmente se cogía la comida con los dedos, ya que no se conocía el tenedor. Tampoco había necesidad del cuchillo. A veces se usaba la cuchara. Todos los romanos eran aficionados a la buena mesa, como nos lo enseña Cicerón. Sin embargo, los placeres que encontraba una persona como Catón el Censor en la sobremesa eran generalmente más intelectuales y de conversación instructiva que de diversión o de circo. En la obrita filosófica “De senectute” (“acerca de la vejez”), nos dice por boca de Catón, que es mejor y más instructivo comer acompañado de buenos amigos. (Cicerón, “De senectute”, 45 - 46)
Se queja Marcial de que eran mucha gente para comer sólo un jabalí, que tampoco tenía guarnición, y, además, era pequeño. No debía ser una práctica habitual entre la gente más pudiente, pero sí entre los más pobres. Marcial hace que se note más el contraste porque se dedica a recordar otros manjares que solían acompañar a los jabalíes
A continuación, con textos de Petronio, vamos a conocer los distintos menús que aparecían en una comida romana. Nos cuenta la cena en casa del liberto nuevo rico Trimalción. Se ve que era un nuevo rico, porque los manjares que saca en su cena son excesivamente raros.
Durante la Edad Media hubo en Centro-Europa un movimiento estudiantil en el que participaban también ciertos clérigos que no llevaban bien los votos y los hábitos clericales. A estos clérigos los llamaban goliardos, y rivalizaban con los estudiantes y gentes de vida alegre en frecuentar tabernas y casas de mala nota. De sus actividades nos han quedado los versos reunidos en la colección “Carmina Burana”, que son los poemas encontrados por el director de la Biblioteca de Munich en la abadía de Benedikbeuren, que se encuentra en los Alpes bávaros. Uno de ellos “Olim lacus colueram”, pertenece al grupo de los “poemata potatoria et lusoria”, es decir, “los poemas que hablan de beber y divertirse”. Habla de los pensamientos de un hermoso cisne que se encontraba ya en la cazuela dispuesto a ser comido. Estos poemas solían ser cantados, y de algunos de ellos conservamos la música, una música medieval. Pero modernamente el músico alemán Karl Orff ha compuesto una partitura para gran orquesta, solistas y gran coro. Una de las composiciones más conocidas es la que empieza
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El gusto por el ocio ("otium") era característico de los Romanos. Dedicaban una parte muy importante de su tiempo a ocupaciones lúdicas, como pueden ser las tertulias, los deportes, los juegos de azar. Estas manifestaciones festivas iban casi siempre acompañando a otras actividades, como el baño o la cena. La asistencia de una persona tanto a las termas como al triclinio, no quería significar que el romano fuese sólo a bañarse, en una o varias de las distintas variedades de baños, o a cenar, ya en familia o ya con los amigos. Aprovechaba las reuniones con otras personas para realizar todas estas actividades sociales y las que pueden ser admitidas bajo el epígrafe de ocio o diversión. Los constructores de las termas, al disponer los distintos espacios, tuvieron en cuenta estas necesidades de los Romanos, y las convirtieron en grandes espacios ajardinados, con diferentes ambientes, para todo tipo de actividades, tanto físicas como intelectuales. Antes de generalizarse esta manera de pasar el tiempo libre, la juventud romana solía reunirse en el "Campo de Marte" ("Campus Martius"), gran explanada, para realizar ejercicios físicos, competiciones deportivas, natación en el vecino Tíber, equitación e hípica. Las diversiones que se tenían a continuación de la cena eran más reposadas. Al mismo tiempo que se continuaba bebiendo, se jugaba a los juegos de azar, se escuchaba música o poemas, se conversaba largo y tendido, o se asistía a espectáculos más o menos circenses, más o menos atrevidos. En Roma proliferaban los ociosos: personas con un trabajo no continuo, que tenían muchas horas de tiempo libre al día, y, que, en muchas ocasiones, se podían alquilar a quien les pagase para realizar los más diversos trabajos, tanto útiles como alborotadores. Una manera de mantener el orden y que los ociosos no promovieran revueltas, ya espontáneas, ya a sueldo, era ofrecer espectáculos, muchos, variados y a un precio muy reducido (incluso reservando plazas gratuitas). En todas las ciudades importantes, tanto en Italia como en las provincias, se han encontrado complejos de construcciones dedicadas a estos espectáculos públicos: un teatro, un anfiteatro y un circo.
La semana, tal como la conocemos, con 5 o 6 días de trabajo y 2 o 1 de descanso, procede del Pueblo Hebreo y del Cristianismo. Los Romanos tenían un día de descanso cada nueve días ("nundinae"), que empleaban para pasear, hacer deporte, visitar o invitar a otras familias. Con motivo de fiestas religiosas, que eran numerosas, se organizaban diversiones y espectáculos públicos. Eran vestigios de antiguas celebraciones dedicadas a las divinidades, o con motivo de actividades guerreras o agrícolas. Había fiestas fijas y fiestas excepcionales.
Estos "ludi" solían consistir en distintos tipos de ceremonias, expiaciones, procesiones, y, además, representaciones teatrales, espectáculos de circo y combates de gladiadores o cazas de fieras. Tanto las fiestas como los juegos tenían un origen religioso, pues se celebraban en honor de una o varias divinidades. Ya hemos hablado de los "ludi" que se repartían a lo largo del año, aunque no eran los únicos. En la época imperial se llegó a programar juegos durante 130 días al año, y en ocasiones duraban varios días seguidos. Los "ludi" podían ser de dos clases: (dependía del lugar donde se celebraban): 1.- "LUDI CIRCENSES": se celebraban en el circo, y consistían en las carreras de carros y en las luchas de gladiadores ("ludi gladiatorii") que más tarde se trasladaron a los anfiteatros, lo mismo que las cacerías ("venationes") y otros tipos de espectáculos, como los suplicios a los condenados o los martirios de los cristianos ("ad bestias"). 2.- "LUDI SCAENICI": Su lugar era el teatro, y consistían en representaciones teatrales de tragedias o comedias, o de mimos y pantomimas. Hemos de admitir que los espectáculos tenían mucha importancia en la antigua Roma y con el Imperio se acrecentó. La expresión "panem et circenses" (`pan y circo'), es decir `alimento y diversión', expresa bien lo que queremos decir. Bien es verdad que algunas veces nos sentimos escandalizados por la brutalidad de estos espectáculos, cuando pensamos que en muchas ocasiones, en los "ludi circenses" se reproducían mitos o representaciones que llevaban aparejado el suplicio o incluso la muerte del protagonista. El actor asumía "voluntariamente" tal cometido (a veces era un condenado a muerte). En la inauguración del Coliseo se representó el mimo que contaba las hazañas de un bandido, Lareolus, que terminó su vida crucificado y desgarrado por un oso. La representación fue del todo realista. Solían ser crueles también los combates de gladiadores, en los que la lucha era a muerte. Ésta era decidida para el perdedor por la autoridad que presidía los juegos, y que con el gesto de dirigir el pulgar hacia arriba o hacia abajo ("pollice erecto"; "pollice verso") determinaba la vida o muerte del perdedor.
El anfiteatro, destinado a las cacerías ("venationes") y a las luchas de los gladiadores ("ludi gladiatorii"), era un recinto elíptico, cerrado por un graderío que lo rodeaba. Solía ser todo él de nueva planta, y en el exterior alternaban en cada piso los distintos órdenes arquitectónicos, arcos y pilastras. Por debajo de las gradas había galerías abovedadas elípticas que lo rodeaban y que ponían en comunicación todas las localidades. Como en el teatro, la "cavea" recibe el nombre de "cavea ima", "cavea media" y "cavea summa" según su altura, y estaba separada por las escaleras formando "cunei". Se conservan algunos anfiteatros de dimensiones enormes: el "Amphitheatro Flavio" o "Coliseo" de Roma, construido el año 8 d. C., tiene un perímetro exterior de 524 metros. Su altura es de 48,50, y sus ejes mayor y menor, de 188 y 156 metros respectivamente. Podía acoger unos 50.000 espectadores.
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Pompeya a los pies del Vesubio En el siglo XVIII, siendo rey de Nápoles nuestro Carlos III se descubrieron las ruinas de Pompeya y Herculano. Eran dos ciudades de las que se tenía conocimiento por los libros, pero que habían sido destruidas y sepultadas bajo una gran capa de cenizas y lava. Fue un espléndido descubrimiento, con el que se llenó la gran laguna que había sobre la vida diaria de los romanos. Sobre todo en Pompeya se descubrieron las casas romanas: las domus, de la gente pudiente de Roma, que iba a pasar grandes temporadas a esta ciudad de la Campania. Se tenía ya conocimiento de cómo eran las casas unifamiliares, pero no se habían encontrado tantas y tan bien conservadas como las que se encontraron en Pompeya. Se comprende que una gran aglomeración urbana como era Roma, que llegó a tener un millón de habitantes, no dispusiera de sitio suficiente para este tipo de viviendas. En Pompeya habían sido preservadas durante 18 siglos de todo tipo de saqueos y de destrucciones. Sólo había que excavar. Algunos techos se habían desmoronado, pero otros se conservaban intactos. La antigua casa itálica sólo tenía una habitación, con dos aberturas: la puerta de entrada, por donde entraba también la luz y el aire, y la del centro del techo, por donde salía el humo del hogar. Esta última se llamaba "atrium", tal vez debido a que con la salida del humo se ennegrecía ("ater": `negro'): "Ibi culina erat, unde atrium dictum est; atrum enim erat ex fumo" (Servio, I, 726). (Allí estaba la cocina, y por eso se llama atrio, pues era negro por causa del humo) De esta primitiva casa tan sencilla se deriva la casa típica romana. Al agrandarse el "atrium" se convierte en un patio al que dan todas las habitaciones, que están alrededor y que no tienen salida ni vista al exterior, sino al "atrium". Esta casa típica es unifamiliar y de una sola planta.
Tanto en Roma como en otras ciudades, Ostia, por ejemplo, solucionaron el problema de la vivienda con casas de vecindad de varios pisos, llamadas "insulae". Eran como `islas': "bloques aislados, rodeados de calles que los aíslan del resto de la ciudad, como el mar deja sola a una isla" (Ernout - Meillet). Este tipo de viviendas en que podían vivir varias familias, se oponía a la "domus", casa romana unifamiliar típica.
Muchos escritores nos cuentan las incomodidades de estas casas de vecindad: Séneca, Juvenal, Marcial, nos hablan de los ruidos, de la estrechez, de los olores, etc. Efectivamente, son locales pequeños, mal distribuidos, sin apenas luz. Las calles eran tan estrechas, que parecía que el vecino de enfrente estaba en tu habitación.
La madera abundaba en la construcción de estos edificios, y, cuando se producía un incendio, cosa frecuente pues se cocinaba en el interior sin poner el cuidado necesario, se propagaba con mucha rapidez y solía ser de grandes proporciones. Recordemos el gran incendio de Roma en tiempos de Nerón (cfr.: Tácito, "Annales", XV, XXXIX - XLIII; Suetonio, "Nerón", XXXVIII) A partir de este momento se empleó en la construcción más la piedra que la madera. Se hicieron las calles más anchas. Algunos protestaban de esta medida, pues, decían, había menos sombra. Estas habitaciones se alquilaban y no a poco precio. Se pretendía construir cada vez más arriba. Los derrumbamientos estaban a la orden del día. Ya Augusto había dictado unas ordenanzas limitando la altura de las casas de vecindad. Pero la necesidad de habitación hizo que se olvidaran dichas ordenanzas, hasta que Trajano estableció la altura máxima en 18 metros (6 o 7 pisos). A su vez estas disposiciones se olvidaron con el paso del tiempo.
Mientras que las casas de vecindad (las "insulae") estaban orientadas hacia el exterior, incluso con fachadas decoradas, la casa típica (la "domus") procedente de la antigua cabaña, no tenía hacia la calle más que las "tabernae", tiendas que existían en los bajos y que el dueño de la "domus" alquilaba. No pertenecían a la casa propiamente dicha.
En los primeros tiempos, el "atrium" era el lugar de reunión, la pieza central de la casa, según las costumbres itálicas, pero poco a poco la vida fue trasladándose a la parte posterior, donde se encontraba la habitación del "pater familias": el "TABLINUM", que daba paso al "PERISTYLIUM" o patio trasero, más íntimo. De esta manera, el "atrium" quedaba como un vestíbulo más o menos lujoso, donde todavía se conservaban las diferentes capillas (lararium) para los dioses familiares (lares). Este sentido de sala previa a la vivienda es la que ha dado el atrio en las edificaciones religiosas de los siglos siguientes, sobre todo en el arte bizantino y románico. Al "atrium" se accedía desde la calle por una puerta ("IANUA") situada en el centro de un pequeño corredor entre el exterior y el "atrium": la parte que quedaba entre la puerta y la calle era el "VESTIBULUM", y la parte interior hasta el "atrium", las "FAUCES". Además solía haber otra puerta de servicio: el "POSTICUM". El "TABLINUM" era la habitación noble que estaba enfrente de la entrada y que comunicaba el "atrium" y el "peristylium". Estaba adornada con profusión. Alrededor del "atrium" se encontraban las "ALAE". Unas comunicaban con él y eran las habitaciones de dormir o "CUBICULA". Otras estaban comunicadas con el exterior y eran las "TABERNAE" o tiendas.
Se puede ver este plano y otras curiosidades acerca de la casa romana en una página web muy interesante sobre Pompeya realizada por Casilda Llona: http://www.terra.es/personal2/casildallona
Petronio fue un novelista romano que se cree que vivió en tiempos de Nerón. Parece ser que procedía de una familia de libertos, aunque llegó a ser reconocido como el árbitro de la distinción y la elegancia en Roma. Escribió una novela titulada “El Satiricón”, en la que aparecen las clases sociales más bajas de Roma, aunque fueran ricos, como el liberto Trimalción, que invita al protagonista a cenar. Con esta disculpa describe el vestíbulo y las pinturas del atrio de la casa de Trimalción. (Petronio, "El Satiricón", 28, 6)
El lugar de honor parece que era el "IMUS IN MEDIO", es decir, el puesto de la izquierda (locus imus) del lecho central (lectus medius), que también se llamaba "locus consularis", y el dueño de la casa ocupaba el "SUMMUS IN IMO", o sea el lugar más elevado (locus summus) del lecho de la izquierda (lectus imus). De todas formas no había una regla fija en esta disposición. Alrededor del "perystylium" había otras habitaciones y dependencias, como la cocina y los cuartos de baño. Las habitaciones de la casa romana no eran luminosas, ya que la luz que recibían era la del "atrium" o la del "perystylium", y por pequeñas aberturas. Tampoco eran muy espaciosas. En ellas no se hacía la vida, sino lo necesario. La mayor parte del tiempo la familia estaba en el "atrium" o en el "perystylium". Las habitaciones solían estar decoradas con pinturas y estucos que representaban construcciones y espacios en perspectiva, o calles y jardines, para dar la sensación de amplitud. Los suelos solían ser de mosaicos con diferentes motivos, entre los que se encuentran los geométricos y los mitológicos como los más frecuentes. También aparecen escenas de la vida diaria y temas alusivos a los usos de las distintas dependencias.
Cicerón, en sus discursos, nos ha dejado una descripción muy exacta de la sociedad romana. En ellos aparecen toda clase de personajes, algunos muy especiales. Él mismo había sido un advenedizo, es decir un hombre que sin ser patricio había conseguido llegar hasta los más altos grados de la política y de la sociedad. A pesar de todo, describe con cierto desprecio la casa de una persona, de un nuevo rico, que se ha enriquecido a costa de los demás, que se pavonea de lo que tiene y de los adornos de su casa, y que desprecia al resto de las personas. Se trata de Crisógono, un liberto que en tiempo de Sila se enriqueció por estar favorecido por él. En este discurso Cicerón le desenmascara y logra la absolución de su defendido en contra de Crisógono. (Cicerón, "Pro Roscio Amerino", XLVI, 133 - 135)
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Según estas palabras de Cornelio Nepote, la mujer romana no era del todo ajena a las actividades de su marido, y por eso mismo compartía ampliamente su dignidad y sus atribuciones. Sus costumbres eran familiares y domésticas, apareciendo siempre como la compañera y la colaboradora de su marido. Al principio de su vida, la mujer no tenía una existencia y unas ocupaciones diferentes de las de los niños: las niñas y los niños asistían juntos a la casa del pedagogo. Al comienzo de la pubertad es cuando se le empezaba a diferenciar en cuanto a la educación. No dejaban por eso de seguir instruyéndose, pero para otro tipo de menesteres. Mientras el hombre se dedicaba a la vida pública, la mujer se dedicaba a la doméstica. Dirigía los trabajos de la casa, e incluso realizaba los más delicados. Era experta en bordar y en hilar lana. Un epitafio en la tumba de una domina romana dice: "Casta fuit, domum servavit, lanam fecit", que quiere decir: “Fue casta, cuidó de la casa, hiló la lana”. Virgilio nos hace la descripción de lo que era la auténtica matrona romana en estos versos de su Eneida; la compara con el dios Apolo y con la diligencia que éste tiene para llevar a cabo su tarea.
Claro que había excepciones, como es el caso de Sempronia, de la que Salustio nos deja un retrato esclarecedor. En la conjuración de Catilina habían participado algunas mujeres.
Columela también nos habla de su opinión sobre la mujer romana.
También las había coquetas, que se creían el centro de todo el mundo y de toda la sociedad. Marcial nos la describe de esta manera:
Cuando una mujer estaba en edad de casarse, eran los padres quienes tomaban la decisión. En el momento de su matrimonio ofrecía a los Lares sus muñecas y juguetes infantiles. El matrimonio hacía de la mujer una "mater familias", una persona respetable y respetada que gozaba de la confianza de su marido y de bastante libertad de movimientos. "Nuptiae sunt coniunctio maris et feminae et consortium omnis vitae, divini et humani iuris communicatio" (Digesto, XXXIII, 2, 1) (El matrimonio es la unión de un hombre y una mujer, que juntos en su vida corren la misma suerte y que comparten todo tipo de derecho humano y divino). Al principio, el matrimonio legal, entendiéndolo como vínculo jurídico, con obligaciones y derechos, era exclusivo de los patricios. Los plebeyos consiguieron este derecho cuando fueron autorizados los matrimonios mixtos entre patricios y plebeyos por la "Lex Canuleia" (445 a. C.). La forma tradicional del matrimonio romano era la "conventio cum manu": la mujer pasaba de la familia paterna a la del esposo, y de la `patria potestas' de su padre a la `patria potestas' de su esposo. Aunque el hombre se podía casar a los 14 años y la mujer a los 12, la realidad era que hasta no haber tomado la toga viril, el hombre no contraía matrimonio.
Este matrimonio tenía tres maneras de establecerse:
En los dos primeros procedimientos, se celebraba la ceremonia nupcial. La víspera, la novia, puesto que iba a dejar de ser niña, consagraba a los dioses sus juguetes infantiles y sus vestidos de niña. El día de la boda, la desposada se vestía de una manera especial, y se adornaba con una guirnalda de flores, se tomaban los auspicios, se ofrecían sacrificios, generalmente un cordero, y se concluía con el contrato del matrimonio: "tabulae nuptiales". Tenía que haber, por lo menos, diez testigos. Al preguntar el esposo el nombre de la esposa, ésta respondía: "Ubi tu Gaius, ego Gaia", es decir: “Si tu te llamas Cayo, yo me llamo Caya”. (La expresión española tocayo, tocaya que indica que dos personas se llaman de la misma manera, tiene su origen en esta expresión de la boda romana)
Al final de la República había otra forma de matrimonio, el llamado "sine manu": la esposa seguía perteneciendo a su familia y conservaba todos sus derechos y deberes familiares. Su fundamento era la convivencia de los esposos mientras duraba su mutuo consentimiento. Esta era una manera más laxa de entender el lazo jurídico, pero no por eso el divorcio dejaba de ser una práctica excepcional, aunque ciertas personas hacían del matrimonio algo parecido a un deporte, con sus continuas bodas y divorcios. Los términos que se empleaban para referirse al matrimonio variaban, según fuera el hombre o la mujer quien lo hiciera: el hombre "ducebat uxorem", mientras que la mujer "nubebat cum marito" Marcial, el epigramista, natural de Bilbilis Augusta (Calatayud, en la provincia de Zaragoza) escribe poemas cortos, pero con gran carga de sátira. En estos que siguen se ve cómo se empleaba el idioma en el asunto del matrimonio cuando se refería al hombre o a la mujer.
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Un "pater familias" tenía que reconocer a su hijo ("suscipere filium") cuando nacía, pero también tenía el derecho de abandonarle. Unos días más tarde, en el "dies lustricus" (`día de la purificación') se le daban los "tria nomina", y se le ponía alrededor del cuello la "bulla", un medallón, especie de amuleto, que llevará hasta que deje de ser niño y se vista con la "toga praetexta". En los primeros tiempos, el padre se encargaba de la educación y de la formación moral del muchacho: le enseñaba a leer, a escribir, a contar, a ser él mismo y a salvaguardar sus intereses. Fedro, en una de sus fábulas nos cuenta este episodio referente a la educación de dos hijos, chico y chica.
Poco a poco se introdujo la costumbre de enseñar a los niños por medio de preceptores, sobre todo griegos, y se fundaron escuelas. Los alumnos se llamaban “discipuli”, que es un vocablo derivado del verbo disco, que significa aprender. Una de las principales cosas que aprendían era la disciplina, que, como su mismo nombre indica, es todo lo que un muchacho necesita para aprender. En la época clásica había tres etapas en la enseñanza:
Los grandes hombres iban a completar estudios a Grecia, ya que los Romanos se habían dado cuenta de la procedencia de la sabiduría. Allá recibían enseñanzas procedentes de las distintas escuelas filosóficas griegas. Marcial, a quien hemos citado anteriormente, tiene también sus versos satíricos contra los maestros de escuela, a quien llama de todo.
De otra manera más tranquila aboga por las vacaciones escolares. Hay que dejar a los chicos y chicas que descansen. Sobre todo cuando los calores del verano incitan a todos a pasar el tiempo al aire libre. Las vacaciones deben comenzar con el signo de Leo, es decir, al comienzo del mes de julio, y durar hasta octubre También pide a los maestros que dejen descansar a las varas de avellano con que golpeaban en más de una ocasión a los alumnos menos aventajados, haciendo bueno aquello de que la letra con sangre entra:
Termina con un verso antológico:
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Cada ocho días el Romano asistía a los baños ("balnea"). Generalmente toda la sociedad podía disfrutar de ellos, ya que el precio era módico, e, incluso, de vez en cuando se ofrecían baños gratuitos, si algún particular quería festejar algún acontecimiento o atraerse el favor popular. Con el tiempo, las "thermae" llegaron a ser una especie de club en el que la función principal era el baño en sus distintas modalidades, pero que disponía, además, de jardines para el paseo y la conversación, aulas de discusión, bibliotecas, restaurantes, salas de juego,... Era un lugar de reunión social. Sus distintas dependencias estaban profusamente decoradas con estucos y mosaicos alusivos al agua, al baño y a los ejercicios físicos. Esto es lo que nos dice Séneca en la lectura de más abajo
Tenían abundante agua. A Roma llegaban desde fuentes, algunas muy lejanas, varios acueductos, que aportaban muchos miles de litros de agua. No sólo eran para las termas, ya que había fuentes en casi todas las esquinas para el uso doméstico, y para el uso de los bomberos, ya que los incendios eran bastante frecuentes. Nerón, después del incendio de Roma publicó un bando en el que se prohibía que los particulares acaparasen agua, ya que no había si se necesitaba para apagar un incendio, como ocurrió en el famoso “Incendio de Roma”. Para poder tener agua caliente y sala de sauna, necesitaban un perfecto sistema de calentamiento del agua y de la distribución del agua caliente. El agua se calentaba en un horno de carbón o leña que servía tanto para calentar el agua necesaria para los baños como para templar el ambiente o calentarlo si se necesitaba. Por debajo de los pavimentos había cámaras por donde se extendía el aire caliente. Este sistema de calefacción, que todavía se usa en muchos pueblos de Castilla y que recibe el nombre de gloria, se llamaba en tiempos de los romanos “hypocausis”, es decir, calentamiento por debajo. Este sistema de calefacción se hizo común tanto en las casas como en las "villae", o casas de campo, sobre todo, cuando la dominación romana se extendió a lugares, que, por estar situados muy al norte o en lugares montañosos, el clima era más frío que en el centro y sur de Italia. Vamos a conocer cómo eran los baños en la Roma antigua dirigidos por la sabia pluma de nuestro paisano, el cordobés Séneca, en la siguiente lectura, en que compara dos épocas y dos tipos de baños públicos.
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SENATUS POPULUSQUE ROMANUS
Cuando en el año 244 de la Fundación de Roma, que corresponde al 509 a. C., el primer Bruto expulsó a los reyes de Roma, los Tarquinio, y proclamó la República, lanzó un juramento que todos los romanos hicieron con él: Lucrecia, la esposa de su mejor amigo había sido violada por Sexto, el hijo del Rey. Ella no pudo soportar la humillación de tal acto y, como ejemplo para todas las demás mujeres, se suicidó. Bruto sacó del pecho de Lucrecia el cuchillo que rezumaba sangre, y lanzó el siguiente juramento:
Pretendía sobre todo que los Romanos no fueran gobernados de la manera como lo habían hecho los Tarquinio, es decir, de una manera despótica y tiránica, aprovechándose de su poder en beneficio personal. Por eso, concibió un sistema de gobierno que no tuviera los inconvenientes de la monarquía y sí todas sus ventajas. Lo llamó República (esta palabra procede del término latino res, que significa cosa, y del adjetivo, también latino publica, que significa igual que en Español, y que tiene la misma raíz que el sustantivo populus, pueblo. Por tanto las dos palabras juntas expresan la idea de que el estado es algo de todos los que viven en su territorio, y por tanto, su gobierno también es tarea de todos) y sus gobernantes tendrían las siguientes características:
Por tanto, los gobernantes de Roma durante el período de la República tenían esas tres características:
Los magistrados en la Roma antigua tenían no sólo los poderes políticos, sino también los religiosos, cada uno según su rango.
Para llegar a ser cónsul, que era la suprema magistratura, había que comenzar la "carrera de los honores" por la magistratura menos importante, y seguir el orden sin saltarse ninguna. Cada magistratura tenía su edad mínima en que podía desempeñarse. Después de los hermanos Graco esa edad se aumentó (2ª mitad del siglo II a. C.). Una misma persona no podía desempeñar estos cargos simultáneamente. Tampoco podían volver a ser elegidos para el mismo cargo antes de pasar diez años.
Cada cinco años se elegían dos CENSORES entre los antiguos cónsules, que durante 18 meses hacían el censo, reclutaban a los senadores y vigilaban las costumbres. Antes de dimitir celebraban la purificación quinquenal: el LUSTRUM.
En el año 494 a. C., es decir, apenas 15 años después de proclamada la República, los plebeyos se dieron cuentas de que no tenían derechos ni religiosos, ni civiles ni políticos, mientras que tenían que defender los privilegios de los patricios. Por eso, aprovechando la oportunidad de la guerra contra los Volscos, en la que no tenían nada que ganar, se retiraron juntamente con el ejército al Monte Sagrado. A los patricios se les cayó el mundo encima, ya que veían que llevaban las de perder, y por eso negociaron con los plebeyos. Éstos accedieron a trabajar junto con los patricios por la construcción de la República, a cambio de que se les permitiera tener unos magistrados genuinamente plebeyos que defendieran sus derechos, incluso vetando las decisiones de los demás magistrados. Estos magistrados plebeyos son los TRIBUNOS DE LA PLEBE, que defendían a los plebeyos y tenían dos prerrogativas fundamentales: el VETO a todas las decisiones de los demás magistrados, incluso los cónsules, cuando éstas vulneraban alguno de los derechos reconocidos de los plebeyos; la INVIOLABILIDAD, que los hacía sagrados de tal forma que si alguno los atacaba se consideraba que había cometido sacrilegio. Gracias a esta magistratura los plebeyos fueron adquiriendo poco a poco los mismos derechos civiles, políticos y religiosos que los patricios.
Representaba la autoridad permanente en Roma, y por tanto era el auténtico órgano real de gobierno.
El SENADO era el "publicum consilium populi Romani" (órgano consultivo). En materia legislativa, tenía la "auctoritas" para sancionar las leyes; velaba por la pureza de la religión nacional; gestionaba la hacienda pública; dirigía la política exterior; reclutaba los ejércitos; gobernaba las provincias; se preocupaba por la salud pública. Es decir, que tenían en la práctica todas las atribuciones que puede desear un gobernante. Los senadores se vestían con la `tunica laticlavia' o sea, una túnica que tenía una franja ancha en el borde, y los `calcei patricii' o `senatorii', unos zapatos que los distinguían. En los espectáculos tenían reservado el `locus senatorius'. No se podían dedicar a trabajos más o menos serviles, como la industria o el comercio.
En momentos de particular peligro, el senado emitía el "senatus consultum ultimum" una decisión que suspendía algunos derechos constitucionales y que daba plenos poderes a los cónsules. La fórmula era la siguiente:
Con motivo de la "Conjuración de Catilina" (62 a. C.) se tomó esta decisión, y Salustio nos lo dice así ("De coniuratione Catilinae", XXIX, 2):
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