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5.- ÚLTIMO SIGLO DE LA REPÚBLICA |
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Corría el año 80 a. C. Sexto Roscio Amerino, hijo, había sido acusado de haber matado a su padre Sexto Roscio Amerino. El asunto no estaba nada claro, ya que se había metido por medio el todopoderoso liberto Crisógono, protegido de Sila, que era el dictador en aquel momento, y que había aterrorizado a todos los romanos que se oponían a él con las famosas proscripciones. No había ningún orador de los consagrados que se atreviera a defender la causa de S. Roscio, porque se enfrentaban directamente con Crisógono, y, por tanto con Sila. Por eso le ofrecieron la defensa a Cicerón, un novato de apenas 26 años, que tenía mucho que ganar y poco que perder. Los años anteriores al de la defensa de S. Roscio habían sido muy turbulentos. Los años 80 a. C. se estrenan con los problemas relacionados con las guerras sociales, llamadas así porque “socii” quiere decir “aliado” y se refiere a los aliados de Roma del sur de Italia, que se habían sublevado exigiendo más derechos, sobre todo el de ciudadanía. Parece ser que todos estaban de acuerdo en concedérselo, aunque el problema consistía dónde se les inscribía, si en las “tribus” tradicionales o en otras nuevas. La situación era grave, porque los nuevos ciudadanos eran muchos, y eran capaces de desequilibrar la balanza de las elecciones en favor de la plebe. La falta de liquidez debida a las guerras sociales había hecho aumentar las deudas. Una solución, para evitar el descontento fue devaluar la moneda y establecer una ley menor en las monedas de plata, cosa que disgustó mucho a los usureros y a los banqueros que eran de la categoría de los aristócratas. El malestar, pues, estaba servido, y la rivalidad entre los dos bandos se enconó todavía mas con la guerra contra Mitridates, rey del Ponto. Para dirigir las tropas romanas fue propuesto por el Senado el general Lucio Cornelio Sila, que ya se había distinguido en las guerras contra Yugurta y contra los Cimbrios y Teutones, cuando Mario era cónsul. Sin embargo no se llevaba bien con éste, ya que era su antagonista, tanto por nacimiento como por ideología. Mario, “homo novus” del partido popular o demócrata, que quería el gobierno de la gente, mientras que Sila pertenecía al partido conservador o aristócrata, y era partidario de que el gobierno estuviera en el Senado, en manos de los “optimates”, es decir, de los mejores. Mario, por medio de intrigas consiguió que le revocaran el nombramiento en favor suyo. Por supuesto, que a Sila le sentó muy mal, porque ya había reclutado el ejército y estaba dispuesto a partir hacia el oriente. Además Mario tenía ya una edad avanzada, alrededor de 70 años. Sila con su ejército se dirigió hacia Roma, donde estaba Mario. Cuando vieron las intenciones de Sila, Mario se marchó huyendo a África, y sus secuaces huyeron hacia el sur. Sila entró en Roma en plan vengador de sus ofensas, y destituyó a todos los partidarios de Mario, y se proclamó dictador. Sin embargo, la guerra de Oriente reclamaba su atención, y hacia allá marchó con su ejército. En poco tiempo venció a Mitridates Como Sila estaba lejos, Mario volvió a Roma, también con espíritu vengador, pero de signo contrario, apoyado por el cónsul Cinna. Sin embargo Mario, que como decíamos, tenía una edad avanzada, murió antes de que volviera Sila. Éste volvió vencedor, (año 83 a. C.) y desembarcó en Brindis después de haber hecho un tratado con Mitridates. En este momento ya no se le oponía nadie, y pretendió llegar a un acuerdo con los partidarios de Mario, entre los que estaba el hijo de éste, pero, llenos de intransigencia, no le dejaron otro camino y se dirigió a Roma. Allí se nombró dictador y consiguió que el Senado ratificase el nombramiento, ya que estaba obsesionado con la legalidad. El Senado le nombró “Dictator legibus perferendis constituendaeque rei publicae”, es decir, que pretendía que hiciera una especie de constitución para Roma y que renovara unas cuantas leyes, cosa que hizo. Pero lo primero fue hacer una purga de todos los partidarios de Mario que estaban en las instituciones, y, sobre todo, de los que tenían posesiones y dinero. Estas son las famosas “proscripciones de Sila”, que quedarán en la mente de todos los romanos como una cosa horrible, espantosa e injusta; al mismo tiempo establecía una serie de recompensas para sus partidarios. Estas proscripciones estaban reguladas por una ley: “Lex Cornelia de proscriptione et proscriptis”. Se suponía que las posesiones de los proscritos pasaban a manos del dictador, que lo sacaba a pública subasta, y se lo entregaba a sus partidarios por una suma irrisoria. Era una manera de conceder favores a los que le habían seguido. Sila además se dedicó a lo que le había encomendado el Senado: volvió a establecer el sistema de votación tradicional, de manera que el poder pudiera estar en manos de los aristócratas aunque hubiera más ciudadanos romanos. Hizo purgas en el Senado y lo aumentó en 300 miembros. Redujo el poder de los tribunos de la plebe, y les prohibió que cuando terminasen su mandato pudieran seguir el “cursus honorum”. Confiscó tierras en el sur de Italia para dárselas a los veteranos, de manera que después de haber servido en el ejército, se convertían en labradores. Las proscripciones se cerraron el día de las Kalendas de junio del año 81 a. C. Cuando vio que todo estaba en orden, Sila no quiso el protagonismo y abdicó de su cargo de dictador, lo que demuestra que no quería el poder para él como ocurrirá medio siglo más tarde con Julio César. Volvamos a nuestro joven orador. Los hechos se precipitaron en los últimos meses del año 81. Sexto Roscio era un ciudadano importante de Ameria, que tenía desavenencias con su hijo. El padre vivía en Roma, mientras que el hijo llevaba la hacienda que su padre tenía en Ameria, a unos 82 Km. de Roma, en la Umbría. Una noche del otoño de ese mismo año, al volver a su casa de una fiesta en una finca cercana, S. Roscio, padre, fue asesinado. Todo el mundo conocía las desavenencias entre padre e hijo, pero también los enfrentamientos entre otros miembros de la misma familia de los Roscios, T. Roscio Magno y T. Roscio Capitón. Éstos fueron los primeros en enterarse de la muerte de su pariente. Se pusieron en contacto con el liberto de Sila, Crisógono, y le hicieron saber a cuánto ascendían las pertenencias de S. Roscio, que se elevaban a seis millones de sestercios. Las listas de los proscritos ya estaban cerradas, como hemos dicho, pero aun así, de repente, apareció en dichas listas el nombre de S. Roscio de Ameria. A continuación, todas sus posesiones salieron a subasta, y se las adjudicaron al liberto de Sila, Crisógono, pero a un precio escandalosamente menor: sólo dos mil sestercios. Claro está que Crisógono se estaba convirtiendo en uno de los ciudadanos más ricos de Roma, a costa de los favores que, como éste, le hacía Sila. Sin embargo, él también hacía favores, y los dos parientes de S. Roscio, Magno y Capitón fueron recompensados con una parte sustanciosa de las propiedades de S. Roscio. Quedaba el hijo, quien, caso de que las leyes cambiaran, podría reclamar su parte de posesiones y herencia de su padre. Lo mejor que podían hacer era, además de despojarle de todo, acusarle de haber matado a su padre. De esa forma matarían varios pájaros de un tiro: se quitarían de en medio a un personaje incómodo que en un futuro podría hacerles daño, legalizarían la pertenencia de sus posesiones, y seguro que le condenarían, porque era un crimen del que estaban necesitados los romanos, ya que hacía mucho tiempo que no había una causa criminal en Roma. No tenían pruebas, pero no las necesitaban: estaba por medio el todopoderoso Crisógono. Los más afamados abogados de Roma no estaban dispuestos a defender a S. Roscio Amerino, hijo, en contra de este influyente personaje protegido de Sila. Así que confiaron la suerte del reo a un joven que, como decíamos antes, tenía mucho que ganar y nada que perder. Era un joven con ambiciones, con preparación y con cualidades, y estaba buscando ansiosamente una causa en que se vieran estas tres características. Por eso, a pesar de la dificultad que presentaba el caso, no dudó en aceptarlo.
Cicerón ganó el pleito, y a partir de entonces será reconocido como uno de los mejores oradores de Roma. Sin embargo, al año siguiente le vemos en Grecia. Era necesario que todos los Romanos que se quisieran dedicar a la elocuencia y a progresar en el “cursus honorum” se prepararan en Grecia, cuna del saber, de la filosofía y de la retórica. Pero, ¿fue ése el único motivo? ¿No será que salió huyendo para que no le alcanzara el brazo de Sila, por si le había sentado mal el haber hecho condenar a su protegido? Es posible que no las tuviera todas consigo a pesar de que el discurso había sido impecable.
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El año 62 a. c. (691 a. V. c.) fue importante y trascendental para Roma. Se estaba tramando una conspiración, un golpe de estado, cuyo jefe o cabeza visible era un patricio de nombre L. Sergius Catilina. Parece ser que estaba apoyado por otras personas importantes, tanto del orden senatorial como del de los caballeros. Sobre todo eran los jóvenes nobles los principales implicados, ya que llevaban una vida más libertina, y necesitaban libertad y dinero para poder seguir viviendo de la misma forma. A éstos dirigió su atención Catilina, y los convenció de que tenían que participar en la conspiración. Quería hacer la revolución desde dentro. Para ello, se presentaría a las elecciones al consulado, y, cuando fuera elegido cónsul, transformaría la República cambiando de mano las riquezas, quitándoselas a los ricos y dándoselas a sus partidarios. Llegó el día de las elecciones, y no resultó como había esperado, pues salió elegido Cicerón. Hubo de modificar los planes, ya que no podía llevar a cabo el cambio prometido. La primera medida fue matar al cónsul. Irían a su casa como para hacerle una visita, y, cuando estuviera descuidado, le matarían. Esta segunda estratagema también resultó fallida. Un tal Curión se había enterado y se lo contó a Cicerón, que no abrió la puerta cuando llegaron los asesinos y se ocultó en lo más privado de su casa. Cicerón siguió investigando y encontró las pruebas que necesitaba para llevar el asunto al senado. De esta forma, a primeros de diciembre del año 63 a. C., como cónsul designado, convocó al senado en el edificio de la curia y se propuso revelar a los senadores todas sus investigaciones.
Ante esta presencia tan inesperada y tan desagradable de Catilina, cambió su actitud y pronunció un discurso que ha quedado como modelo de oratoria, y que comienza con esa famosísima frase:
Le trata de asesino, de sinvergüenza, que, a pesar de que todos saben lo que trama, tiene la desfachatez de presentarse en el senado. Esta situación es la que hace a Cicerón pronunciar estas expresiones:
Y fue desvelando a los senadores todos los pasos que habían dado y los que pensaban dar para llevar adelante la conjuración y el golpe de estado. Catilina, al verse descubierto, huyó hacia el norte, a Toscana, donde estaba su lugarteniente Manlio con el ejército. o o o o o o o o o o
Los conjurados presentaron batalla en la llanura de Pistoya, y allí murieron todos luchando, según dice Salustio, como unos valientes. Esta batalla tuvo lugar en Pistoya (Toscana) el año 61 a. C. (692 a. V. c.) Muchos años más tarde, Marcial, el epigramista bilbilitano, refiriéndose a las quejas de un tal Ceciliano, comparaba los tormentosos días de la conjuración de Catilina con los años de paz y tranquilidad que le tocó vivir, y lo decía de la siguiente manera.
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Como todo el mundo sabe, esta frase significa "la suerte está echada". La imagen está sacada de los juegos de azar e indica la jugada de los dados: en el momento en que los dados han salido de la mano de quien los lanza, todavía no se sabe cuál va a ser el resultado, pero ya está en marcha y no se puede volver atrás. Esto es lo que quiso decir Julio César cuando pronunció esta frase: que no sabía lo que iba a pasar, pero que no podía dar marcha atrás. César había conquistado la Galia para la República Romana. Pero sobre todo, había conseguido un ejército que le era fiel y eso era lo que atemorizaba al Senado de Roma. Por ello, cuando el Senado nombró a Pompeyo cónsul único, una de las primeras decisiones que tomó fue la de ordenar a César que entregara sus tropas. En la situación de enemistad que existía entre César y Pompeyo, entregar las tropas al enemigo era suicidarse. Por lo cual decidió mantenerlas.
- Esto no es más que la indicación de los dioses de que vayamos a vengar las afrentas que nos están haciendo Pompeyo y el Senado. Los dioses quieren que nos dirijamos a Roma y venzamos al enemigo. ¡Vayamos, pues! La suerte está echada. Los soldados, cuando sabían o creían que los dioses favorecían su empresa, luchaban con más ardor y ánimo. Así, cuando Pompeyo se enteró de lo que había hecho César, abandonó Roma.
Ya hemos dicho que César no era religioso, pero que se aprovechaba de la credibilidad de los demás. Sabía lo importante que era para los soldados comenzar bien una empresa, o sea con un buen augurio. En cierta ocasión consiguió cambiar el sentido del presagio. Después de haber vencido a Pompeyo y después de la muerte de éste, todavía quedaban algunos núcleos pompeyanos en el norte de África. César quería terminar del todo con sus opositores para poner en práctica sus reformas políticas y administrativas, y marchó a África para derrotarlos. Pero, he aquí, que cuando bajaba de la nave por la pasarela, al llegar a la playa dio un traspié y cayó de bruces. ¡Vaya presagio para comenzar una guerra! Eso es lo que se llama comenzar con mal pie. César, en unas décimas de segundo, tuvo que pensar esto y ver en su imaginación la cara de susto de los soldados y el pesimismo que rondaría por sus espíritus. Tuvo una gran rapidez de reflejos, y, sin moverse, así como estaba, de bruces y con los brazos extendidos, gritó: - ¡África, ya te tengo, ya eres mía! Cambió por completo la situación, y los soldados entraron en combate con una disposición de ánimo completamente distinta.
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La guerra civil entre César y Pompeyo estaba en su apogeo. Ya César había ido minando los reductos pompeyanos que había en Hispania (venció en la batalla de Ilerda <Lérida>) y en la Galia Narbonense (Massilia <Marsella>). Así que consideró llegado el momento de perseguir al grueso del ejército de Pompeyo que se encontraba al sur de Italia en Brundisium (Brindisi), preparado para pasar a Grecia por el puerto de Dyrrachium (actual Durazzo <Durres> en Albania).
- No tenéis por qué estar asustados del ejército de César. Venció a la Galia y a la Germania, es verdad; pero ¿no os dais cuenta de que no es el mismo ejército? Mucho ha llovido desde entonces, y de los que quedaron vivos de aquellas guerra, no están todos. Unos desertaron viniéndose con nosotros, otros se han quedado en Italia, otros se han puesto enfermos por la peste. En fin, que son pocos y encima están cansados. Para que veáis que lo que os digo es cierto, ahora mismo voy a hacer un juramento solemne y os invito a todos a que lo hagáis: "Juro por los dioses inmortales que no he de volver a este campamento sino como vencedor". El ardor bélico de Labieno hizo que todos jurasen, Pompeyo el primero.
- Dejad que vengan corriendo los Cesarianos, que cuando lleguen aquí ya estarán cansados y podremos dar buena cuenta de ellos sin bajas por nuestra parte. Cuando los soldados de César vieron que los Pompeyanos no se movían, se detuvieron por propia iniciativa y descansaron un poco. Luego, con las fuerzas recobradas, volvieron a la carrera y atacaron a los de Pompeyo. Llegaron al lugar desde donde podían lanzar las jabalinas, las lanzaron, y, a continuación, como de costumbre, entablaron combate cuerpo a cuerpo. Todos, los de los dos bandos, se batieron admirablemente: no en balde eran romanos. La caballería de Pompeyo, como se le había ordenado, comenzó a rodear el flanco derecho de César para atacar por detrás, lo que hicieron con tanta fuerza que metieron al ejército de César en un puño. En ese momento se dio la señal a la cuarta fila que atacó por detrás a la caballería pompeyana llenándola de desconcierto, de forma que, al haber caído ellos mismos en la trampa que habían preparado, no supieron qué hacer. Los honderos y los arqueros quedaron sin protección, y los de César los persiguieron matando a muchos. Cuando los Pompeyanos vieron que la estratagema en que habían confiado no había dado resultado, sino que se había vuelto contra ellos, se dieron a la fuga, perseguidos por los de César. El mismo Pompeyo volvió corriendo al campamento y alertó a la guarnición que había dejado allí. Se introdujo en el cuartel general y esperó el resultado de la batalla. Más tarde salió huyendo con unos pocos de sus leales y se refugió en Alejandría, en Egipto, donde los egipcios, al saber que venía César persiguiéndolo, le dieron muerte. No le pareció bien a César que los alejandrinos hubieran ejecutado una sentencia contra un romano al que muy probablemente César hubiera perdonado para demostrar su superioridad y magnanimidad, y tomó represalias contra la ciudad.
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Estamos en el mes de febrero del año 44 a. C. (709 a. V. c.). Julio César había conseguido todo lo que se había propuesto. Era el dueño de Roma. Oficialmente dictador perpetuo. El pueblo estaba contento con Julio César, porque era popular y había llevado a Roma a los más altos grados de poder y prestigio de todo el mundo. Había hecho muchas reformas de tipo administrativo y económico. Las Lupercales eran unas fiestas instituidas para la purificación anual que se celebraban generalmente durante el mes de febrero. El plato fuerte de las fiestas romanas era la celebración de "ludi", es decir, de juegos públicos. César acudió a esos juegos, y en el transcurso de ellos le ofrecieron el título de rey y le propusieron que lo aceptara. Él se acordó del juramento que había hecho el primer Bruto, y que todavía estaba vigente, de que no volvería a haber reyes en Roma. Por eso rechazó el ofrecimiento. Aunque el pueblo estaba contento con el dictador, algunos nobles pensaban que César gobernaba de una manera tiránica, que no tenían libertad, que estaban en un estado policial, que había destrozado a la república, que la única ley era la voluntad de César, y que todos eran unos peleles a su lado. Bruto, hijo adoptivo de César (que tal vez era su hijo natural), Casio, Cinna, Casca, Metelo Címber, Cayo Ligario, Decio Bruto y otros, además, que habían sido partidarios de Pompeyo, vencido por César en la guerra civil, decidieron librar a la república Romana de la tiranía que suponía la dictadura de César. Al salir de los juegos, un arúspice, llamado Spurinna, gritó dirigiéndose a César: - ¡César! ¡César! Cuando Julio César se volvió hacia él, continuó: - ¡César! ¡Ten cuidado con los Idus de marzo! César no le hizo caso y siguió su camino. Los conjurados se pusieron de acuerdo para matarlo. Se excusaban diciendo que no amaban a César menos por eso, sino que amaban a Roma más. Es decir, que lo hacían, no en beneficio propio ni por odio a César, sino porque Roma lo necesitaba. Ellos no eran otra cosa que meros instrumentos. La víspera de los Idus de marzo (14 - III) empezaron a recorrer Roma diversos rumores de hechos prodigiosos que habían tenido lugar en la ciudad. La misma esposa de César, Calpurnia, había soñado que mataban a César. César no había dormido bien esa noche. Por tanto decidió no ir al senado. Esta decisión contrarió bastante a los que pensaban matarlo, ya que lo habían preparado todo para llevarlo a cabo en esa sesión del senado. Entre todos insistieron para que se dejase de niñerías y acudiera al senado. Ellos le acompañaron, como si fuera un séquito de guardaespaldas. Al llegar a la Curia de Pompeyo, que era donde se iba a reunir el senado aquel día, un ciudadano se le acercó con un rollo en el que se descubría todo el complot. César pensó que era una petición de algo, como las que solía recibir siempre que aparecía en público. Lo tomó y lo puso junto con otros rollos debajo del brazo izquierdo. De repente vio al arúspice Spurinna, se dirigió a él y le dijo: - ¿Te acuerdas de lo que me dijiste sobre los Idus de marzo? Ya estamos en tal día. A lo que Spurinna respondió: - Tienes razón, César, ya estamos en los Idus de Marzo; pero todavía no han pasado. Esta respuesta dejó pensativo a César, que a pesar de todo entró en la curia de Pompeyo. Allí le esperaban los senadores. Al entrar, los que estaban en el asunto le rodearon, y, uno por uno, le fueron apuñalando, de forma que ninguno le mató, sino que todos contribuyeron a ello. Cuando César vio a Bruto que se dirigía a él con el puñal preparado, le dijo: - Kai su, teknon; (Parece que el griego era el idioma que usaban en la intimidad familiar) - ¿Tú también, hijo mío? Tambaleándose, derramando sangre por 23 heridas, fue a caer al pie de la estatua de Pompeyo que daba nombre a la Curia. ¿Fue una especie de venganza del vencido Pompeyo? ¿Fue una ironía de la historia? Sea como fuere, el asesinato de César fue el origen de una nueva guerra civil entre sus partidarios y los que le habían matado. El heredero y sucesor de Julio César fue Marco Antonio, que juntamente con Octavio Augusto venció a Bruto y Casio en la batalla de Filipos (42 a. C.) Prácticamente la república romana, que había comenzado el año 509 a. C. (244 a. V. c.) había llegado a su fin.
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