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1.- CICLO TROYANO |
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Estaban en guerra los Griegos contra los Troyanos. Llevaban diez años de guerra y había que terminar de una vez. Los Griegos estaban lejos de su patria y parecía que no iban a conseguir vencer a Troya nunca. Entonces fue cuando a Ulises se le ocurrió la estratagema del caballo: construirían uno enorme, de madera, y se lo presentarían a los Troyanos como si fuera una ofrenda a la diosa Minerva para que los protegiera durante el viaje de vuelta. El enorme caballo ocultaría en su interior los mejores guerreros griegos, que saldrían una vez que el caballo estuviera dentro de la ciudad. Para que los Troyanos hicieran lo que querían, tenían la colaboración de un actor, llamado Sinón, que les convencería para que metieran el caballo dentro de la ciudad. Así pues lo dejaron delante de los muros de Troya y se hicieron a la mar. No se fueron del todo, sino que se quedaron escondidos al otro lado de una isla próxima, la isla de Ténedos. Podemos imaginar la alegría de los Troyanos, que por primera vez en diez años no veían ni el campamento de los griegos en la explanada ni las naves fondeadas en la bahía.
Estaban en estas discusiones cuando el sacerdote de Neptuno, Laocoonte, bajó dando voces desde la ciudadela donde estaba celebrando un sacrificio. - ¿Es que os habéis vuelto locos? ¿No conocéis a los Griegos después de haber luchado contra ellos durante tantos años? O mucho me engaño o esto no es sino un truco. Temo a los Griegos hasta cuando hacen regalos. Y para que sus palabras tuvieran más fuerza, cogió una jabalina y la lanzó con todas sus fuerzas contra el caballo.
Las oquedades resonaron, y pareció que tenía razón. Pero ¡ojalá no lo hubiera hecho!. En ese momento entró en escena Sinón, el actor, que había sido capturado por unos pastores troyanos cuando se hacía pasar por un desertor del ejército griego. Todos lo rodearon, y él comenzó su interpretación: - Ya sé que me vais a matar, pero aun así, os tengo que contar qué es lo que hago aquí. Me he escapado del ejército griego porque Ulises me odiaba y quería sacrificarme en honor de Minerva, a ver si les daba suerte en la guerra. Se conoce que como no me encontraron, pensaron que tenían todas las de perder, y se marcharon ofreciendo a la diosa este tributo. Ahora, si queréis, matadme. Estáis en vuestro derecho, y yo lo tengo merecido.
Por fin se decidieron, y organizaron una gran fiesta. Llenaron todo de guirnaldas; los jóvenes bailaban alrededor; pusieron rodillos debajo del caballo y lo arrastraron por medio de sogas que todos se sentían orgullosos de llevar.
Virgilio, poeta romano (70 - 19 a. C.) nos cuenta este episodio en su poema épico “La Eneida”, cuyo protagonista principal es Eneas.
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Troya estaba en llamas. Los griegos acababan de entrar por medio del CABALLO DE TROYA. Habían cogido por sorpresa a los Troyanos, los habían vencido y habían incendiado la ciudad. Ya no tenía salvación. Sus principales héroes, Héctor, Paris, etc., habían muerto. Sólo quedaba Eneas, que tomó sobre sí el encargo divino de fundar otra Troya en el lugar donde los dioses le indicaran. Por eso tomó los dioses Penates de la ciudad y con su hijo Ascanio o Iulo y la compañía de unos cuantos troyanos se hizo a la mar para buscar ese nuevo país. Los dioses Penates eran los protectores del lugar. Cada ciudad tenía los suyos propios, que generalmente se enterraban al poner la primera piedra de la ciudad. Es simbólico que Eneas se llevara de Troya los dioses Penates. Quiere decir que Troya dejaría de existir en el lugar donde se encontraba, pero que, donde enterrara los Penates, renacería con una nueva fuerza. La tradición indicaba que Roma era esa heredera de los Penates troyanos. Se explica así que los romanos tuvieran tanta ilusión por los sucesos de Troya, y que “La Eneida” fuera considerada el poema nacional por excelencia. Decíamos que Eneas y sus compañeros había salido de Troya en unas pocas naves para buscar ese nuevo lugar. Pero los dioses no se ponían de acuerdo entre ellos. Juno no quería que los hados se cumpliesen, y por eso, en cuanto tuvo la oportunidad logró que Eolo, dios de los vientos, y Neptuno, dios del mar, trabajaran para ella. Entre los dos desencadenaron una gran tempestad que apartó a los troyanos de su ruta y los hizo recalar en las costas del norte de África. El lugar al que llegaron fue el que actualmente ocupa Túnez. Allí reinaba Dido, procedente de Fenicia, que se había escapado de la matanza de su hermano y había fundado un nuevo reino. Se dice que su hermano había matado al marido de Dido, Siqueo, y la había expulsado de su país. Ésta había llegado al norte de África y había pedido asilo al rey Yarbas, que le regaló el terreno que ocupase una piel de toro extendida. En ese poco terreno no podría hacer nada, y, mucho menos, establecerse con sus leales. Sin embargo, la reina Dido tenía mucha perspicacia e inteligencia, y obró como no se esperaba menos: cortó cuidadosamente la piel de toro en tiras muy estrechas y con la tira resultante rodeó un terreno, que, si bien seguía siendo pequeño, era mucho más grande de lo que su dueño había pensado en un principio. A aquel lugar llegó Eneas con sus compañeros. La diosa Venus, madre de Eneas, quiso sacar partido de la situación y de la pelea que existía entre Júpiter y su esposa Juno. Trató de que su hijo consiguiera ser el rey de aquellos lugares. Para ello trabajó a conciencia. Primero hizo que Eneas se presentara ante Dido con un aspecto casi divino, para que la reina lo mirara con buenos ojos. Así fue. Cuando Eneas fue encontrado por los centinelas de la ciudad y presentado a la reina, ésta se quedó sin habla: la espléndida presencia del héroe troyano dejó al punto rendida a Dido. A continuación pensó que sería bueno que la reina se enamorase de Eneas. Para ello urdió un plan que le iba a proporcionar buenos resultados. Dido organizó un banquete y se interesó por todo lo que le había ocurrido a Eneas desde que Troya fue asediada por los Griegos; sobre todo estaba ansiosa de conocer su final. Eneas, triste al recordarlo, refirió todas sus vicisitudes: cómo los griegos habían rendido Troya por medio del engaño del caballo; cómo él había luchado por su patria; cómo había muerto la causante de todos los males de Troya, la bella Helena; cómo había perdido a su esposa Creusa; cómo, protegido por su madre, Venus, se había librado de los atacantes y había conseguido salir de Troya; cómo había muerto su padre; cómo había sido el viaje hasta la tempestad; y cómo se había presentado ante la reina. Durante el relato de Eneas, Venus había mandado a su otro hijo, Cupido, dios del amor, que tomase las facciones de Ascanio, el pequeño hijo de Eneas. Así, mientras Dido estaba absorta escuchándole, el pequeño, en el regazo de la reina, la hirió con las flechas del amor, de forma que, al terminar, Dido estaba perdidamente enamorada de Eneas. Sin embargo Dido había querido mucho a su marido Siqueo, y no se sentía con fuerzas para volver a enamorarse. Todos estos pensamientos se los contó a su hermana Anna, con quien tenía mucha confianza. Le presentó su corazón: ella seguía enamorada de su marido muerto, y no le parecía correcto enamorarse de un recién llegado; pero por otra parte, las flechas de Cupido estaban haciendo su efecto y la arrogancia, la hermosura, la dignidad y las desgracias de Eneas eran suficientes armas para doblegar el corazón más frío. Anna trató de que su hermana viviera el presente: su marido había sido estupendo, pero estaba muerto. Ahora se le presentaba la ocasión de renovar aquellos momentos, y, además, Eneas y sus hombres defenderían el reino de sus enemigos, sobre todo del rey Yarbas, su vecino, que también quería casarse con ella. A las diosas tampoco les pareció mal la situación: a Juno, porque de esa forma apartaba a Eneas de su destino de fundar una nueva Troya; a Venus, porque quería a su hijo, y no le importaba dónde estuviera, si era feliz y triunfante. Así entre las dos prepararon el escenario: Se organizaría una cacería, y en un momento determinado se desatarían las furias de los cielos con una gran tormenta. Dido y Eneas estarían separados del resto de los compañeros, y encontrarían una cueva a propósito. Lo demás que iba a pasar lo dejaban en las manos de la naturaleza, y por si no ocurría nada, Juno, la diosa del matrimonio, estaría presente para conseguirlo. Además ella sancionaría aquel matrimonio. Así fue, tal como lo habían planeado. Virgilio añade que este fue el comienzo de grandes males. Se refiere sobre todo a lo que le aconteció a Dido, y a la enemistad que surgió entre los Romanos y los Cartagineses que fue el motivo de tres grandes guerras. Porque las cosas no quedaron así. Júpiter, el padre y señor de los dioses, no estaba dispuesto a que los destinos de Troya no se cumplieran. Mandó al mensajero de los dioses, a Mercurio, a que recordase a Eneas la misión que le estaba reservada. Eneas, con todo lo que había vivido y lo a gusto que se sentía al lado de Dido, se había olvidado por completo de que había salido de Troya con el cometido determinado de resucitarla de nuevo. A pesar de que le costaba mucho, acató la orden de Júpiter, y preparó en secreto su marcha. Pero Dido se dio cuenta: "quis fallere possit amantem?" ¿Quién puede engañar a quien ama? Todo fueron lamentos, recuerdos de su marido muerto, remordimientos por lo que había hecho. Su hermana trataba de consolarla, pero en vano.
Unos siglos más tarde, los Cartagineses y los Romanos se enfrentaron con una rivalidad guerrera que llenó generaciones. Se trataba de saber cuál de los dos pueblos iba a ser el que mandase en el Mediterráneo occidental, si el del norte, Roma, o el del sur, Cartago. Después de tres sangrientas guerras entre los dos pueblos, los Romanos, mandados por un general de la familia de los Escipiones, en el año 176 a. C. destruyó Cartago, y romanizó toda la zona. Por esa victoria, definitiva, sobre los cartagineses, le dieron el apelativo de Africano, y así, su nombre completo fue: Publio Cornelio Escipión Africano. ¿No sería la enemistad entre Dido y Eneas la chispa que motivó las guerras entre los Cartagineses y los Romanos? ¿No quedaría en el pueblo Cartaginés un sentimiento contra los Romanos por haber abandonado así a su reina? Aníbal tenía en su corazón un odio para con los Romanos superior a todo otro sentimiento. Se decía que lo había recibido en herencia de su padre Asdrúbal. |
Una vez que los Troyanos huidos de Troya destruida, después de haber pasado por la experiencia de Cartago, llegaron a Italia. Allí tuvieron que emplear la fuerza para poder instalarse en un lugar en el que vivían desde antiguo los Latinos. El rey Latino no ve con malos ojos a los que acababan de llegar, a quienes toma por héroes, incluso entrega a su hija Lavinia como esposa para Eneas, el jefe troyano. Los dos bandos, Troyanos y Latinos pelearon entre sí; los Troyanos porque querían asentarse en los lugares cercanos a la desembocadura del Tíber que era el lugar que habían indicado los dioses para fundar una nueva Troya, ya que la antigua había sido destruida por los Griegos; los Latinos, porque era su tierra y no querían admitir a los advenedizos. Además, Turno, jefe de los Rútulos, era la prometida de la hija del rey Latino, y le sentó muy mal que se la quitase Eneas, que, además quería quitarle el territorio. Los dioses del Olimpo no eran ajenos a las luchas terrestres. Todos tenían sus intereses y sus favoritos. Venus apoya a los Troyanos, ya que es la madre de su jefe Eneas. Juno es partidaria de los Latinos. Júpiter, al final, después de oír a unos y otros, no se decanta por ninguno, sino que emite un fallo salomónico: "Que los Hados resuelvan". (Virgilio, “Eneida”, libro X, versos 1 - 117).
El poeta épico Virgilio cuenta en su poema La Eneida esta asamblea de los dioses de esta manera: Entretanto la mansión del todopoderoso Olimpo se abre de par en par y el padre de los dioses y rey de los hombres convoca una asamblea en su sede tachonada de estrellas, desde donde, elevado, mira con atención todas las tierras. También ve el campamento de los Troyanos y los pueblos Latinos. Todos los dioses toman asiento en las moradas abiertas a ambos lados. En aquel momento Júpiter toma la palabra y comienza a hablar de esta manera: - "¡Oh dioses excelsos! ¿Por qué queréis cambiar de opinión, y discutís en vuestros injustos espíritus? Yo había prohibido a los Troyanos dirigirse a Italia con intenciones guerreras. ¿Qué intereses existen para oponerse a esta prohibición? ¿Qué temor ha incitado a unos y a otros a tomar las armas y a hacer sonar las espadas? Ya llegará el tiempo oportuno para que se peleen (no lo hagáis llegar demasiado pronto), cuando la feroz Cartago un día traiga la destrucción a la ciudadela romana y deje abierto el camino de los Alpes: Entonces estará permitido luchar con odio, y vosotros podréis tomar partido por unos o por otros. Ahora no intervengáis y con alegría, preparad un pacto que nos convenga a todos". Así habló Júpiter, y, como de costumbre, con pocas palabras dijo muchas cosas. Por el contrario, Venus, la de los cabellos dorados, no tuvo inconveniente en hablar más tiempo de esta manera: - "Oh Padre, oh poder eterno sobre los hombres y las cosas (¿hay alguna otra razón por la que podamos implorarte?): Los Rútulos se vanaglorian y Turno es conducido sobresaliendo en medio de todos sobre su caballo. Lleno de orgullo galopa contento, ya que sabe que la guerra le es favorable. ¿No te das cuenta? En cambio los troyanos no puede protegerse por sus murallas, ya que están destruidas. Luchan aquí y allí, dentro de sus hogares, y encima de los montones que hacen de improvisadas murallas se afanan en la lucha y llenan las fosas con su sangre. ¿Es que estás tan ciego que no lo ves? `Eneas está lejos y no conoce la situación. ¿No vas a permitir que se libren del asedio? El enemigo una y otra vez está a punto de pasar por encima de los muros de esta Troya que intenta nacer de nuevo, incluso el ejército está totalmente renovado y es inexperto. Y otra vez contra los Troyanos se levantará un nuevo Tidida procedente de los Alpes Etolios. Ciertamente, creo, sólo falta que yo sea herida también. Yo, hija tuya, mantengo a raya las armas mortales. `Si los Troyanos se han dirigido a Italia sin tu beneplácito y en contra de tus deseos, purguen su pecado y no les envíes tu auxilio; pero si no han hecho otra cosa que seguir las indicaciones que les daban los dioses inmortales y los manes, que no eran otra cosa que tu voluntad, ¿por qué ahora alguien puede cambiar tus órdenes? ¿ Por qué puede alguien organizar nuevos hados? ¿Por qué tengo que buscar de nuevo la escuadra quemada en la costa de Ericina? ¿Por qué me voy a enfrentar una vez más con el rey de las tormentas y con los vientos enfurecidos soltados por Eolo, o con Iris, nacida de las nubes? Ahora, alguien incluso mueve los manes, que era una clase de cosas que permanecía intocable, y Alecto, expulsada del cielo, de repente, recorre las ciudades Italianas vestida de Bacante. No me mueve nada referente a quién debe mandar; teníamos ciertas esperanzas de esto mientras las cosas nos fueron prósperas. Que venzan los que tú quieras. Si no hay ningún lugar que Juno, tu cruel esposa, pueda dar a los Troyanos, suplico, ¡oh Padre1 por los despojos destruidos y humeantes de Troya que, por lo menos, se me permita sacar de la pelea sin daño a Ascanio, que sobreviva mi nieto. Que Eneas, ciertamente, sea arrojado a costas desconocidas, y que siga el camino que le presente la Fortuna, cualquiera que sea: tendré fuerzas para proteger a éste y sacarlo de la cruel batalla. Tengo diferentes santuarios: Amato, y la elevada Pafos y el templo de Cytera y el de Idalia: que pase lo que le queda de vida en uno de ellos, entregadas las armas y sin honor. Manda que con un gran poderío Cartago sojuzgue a Ausonia: la ciudades Tirias no encontrarán ningún obstáculo. ¿De qué le ha servido a Eneas escaparse de la peste de la guerra, o haber huido a través de los fuegos que encendieron los Griegos, o haber sorteado tantos peligros agotadores, tanto en el mar como en la extensa tierra en la búsqueda del Latio por los Troyanos, y de la construcción de una nueva Troya? ¿No hubiera sido mejor haberse instalado sobre las últimas cenizas de la patria o en el suelo en el que estuvo Troya? Te ruego que les devuelvas el Janto y el Simoenta a estos desgraciados Troyanos, y dales la oportunidad de revivir las vicisitudes Troyanas, oh Padre." Entonces la real Juno, movida por una enorme rabia, dijo: "¿Por qué me obligas a romper mi excelso silencio y a divulgar con palabras mi oculto dolor? ¿Alguien de los hombres o de los dioses obligó a Eneas a emprender la guerra o buscó que se dirigiera a Italia como enemigo para el rey Latino? Se dirigió a Italia porque los hados se lo impusieron, sea así. Fue impulsado por las predicciones de Casandra: ¿Acaso le animamos a abandonar el campamento o a dejarse llevar de los vientos? ¿Acaso le hemos animado a meter a su hijo en el feroz combate o a defender los muros y la fe Tirrena, o a remover unos pueblos tranquilos? ¿Qué dios le ha engañado? ¿Qué poder de entre todos nosotros? ¿Se nota aquí la mano de Juno o la de Iris, salida de las nubes? Es indigno que una Troya que renace rodee a los Italianos con llamas y que expulse a Turno de la tierra de sus antepasados, su abuelo Pilumno y su madre, la diosa Venilia: ¿No es indigno que los Troyanos lleven la violencia con negro fuego contra los Latinos, que opriman los campos ajenos con su yugo, y que se lleven el botín? ¿Que roben suegros y aparten la novia de su hogar, que rueguen la paz a la fuerza y que pongan las armas delante de las naves? Tú puedes arrebatar a Eneas de las manos de los Griegos, y disimular a tu hijo bajo la niebla o un viento débil, y puedes convertir completamente en ninfas toda la flota: al contrario, si yo ayudo a los Rútulos ¿es un crimen espantoso? Eneas está ausente y no lo sabe; que siga sin saberlo y estando lejos. Tú tienes distintos templos: Pafos, Idalia, y la alta Citera: ¿Por qué atacas a una ciudad preñada de guerras, y a unos ásperos corazones? ¿Acaso yo trato de destruir desde sus cimientos los restos que se desvanecen de Frigia? ¿Yo, quien enfrentó a los desgraciados Troyanos con los Griegos? ¿Cuál fue la causa por la que Europa y Asia se han levantado en armas y por la que se han roto los tratados? ¿No fue un rapto, el de Helena? ¿Dirigí yo a Paris, el adúltero Troyano, cuando asaltó Esparta? ¿He sido yo quien ha puesto los dardos en las manos, o quien favorecí las guerras por medio de Cupido? Entonces tuvieron ocasión los tuyos de haber tenido miedo; ahora es tarde para quejarte; además, pleiteas con unas quejas tan injustas y a destiempo". Con tales palabras terminó de hablar Juno y todos los habitantes de cielo se estremecían con diferentes sentimientos, de la misma manera que cuando las primeras brisas hacen murmurar a los bosques y los ciegos murmullos que revolotean, auguran a los marineros los vientos y las tempestades que han de venir. Entonces, el padre omnipotente que tiene el primer poder de las cosas, comienza a hablar: (Cuando él habla, la alta casa de los dioses enmudece, y también la tierra tiembla en el suelo, y se calla el alto aire; en ese momento los céfiros se calman y la tranquilidad se extiende por el mar) "Así pues, recibid mis dichos en vuestro espíritu, y fijadlos bien. "Puesto que no es lícito que los Latinos y los Troyanos se unan en un pacto, y vuestra discordia no encuentra un final, la suerte que cada uno tiene hoy, y la esperanza que cada uno abra para sí, no haré ninguna diferencia, sea Rútulo o Troyano, ya sea que el campamento de los Italianos esté asediado porque así lo quieren los hados, o ya sea por un error malvado de Troya, o por siniestras advertencias. Y no resuelvo a favor de los Rútulos; que cada uno lleve su labor y su fortuna, la que ha merecido; el rey Júpiter es el mismo para todos. Los hados encontrarán el camino. Lo jura por los ríos de su hermano Estigio, y por los torrentes de pez y por las orillas de negros torbellinos, y con su movimiento de cabeza tiembla todo el Olimpo. Con esto terminó de hablar. Júpiter se levantó de su sede de oro y los dioses le llevaron en medio de ellos a su mansión. |
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